domingo, 11 de agosto de 2019

Estamos de remate




Acabo de cumplir nueve lustros y me he transformado de golpe en una señora.
De un día para otro, me ha atacado la ciática y he cambiado mi habitual postura veraniega de maja playera por un cruce de piernas bastante antagónico al de Instinto básico sobre la butaca.
Me ha embestido la presbicia y, capoteándola como puedo con mis flamantes gafas, se me ha puesto toda la cara de Rosa León cuando actuaba en La cometa blanca.
El entretenimiento que más placer me proporciona consiste en sentarme en un banco de la plazoleta a consumir cartuchos de altramuces como si no existiera un mañana. Engordo a pasos agigantados. Me contemplo en el espejo, escudriñando mis orondas lorzas. Me examino y pienso que, aun así, no estoy tan gorda para todo lo que como. Me despido de mi esperpéntica imagen con una risotada y me sirvo un tinto con naranja acompañado de un platito de patatas fritas al ajillo que me teletransportan al paraíso.
Me asomo al balcón en camisón con la misma pinta que El Greñudo, el Cristo al que parece que no le peinan la melena desde los años cuarenta. Así me entretengo, contemplando el ambiente de la destartalada plaza de abajo. Mi hijo Álvaro se hace mayor y, en una realidad futbolística, él juega al tenis que te cagas. Este verano, ha congeniado con un niño de San Sebastián que se llama Urko. Sus nombres chirrían en el aire cuando la abuela (amona para su nieto) y yo los llamamos a voces limpias para que se suban. Un gaditano expatriado y un vasco de adopción tienen poco que hacer en verano entre el Kevin, el Ale, el Gordo y el Cabeza. Pero así es la vida.
Los otros niños que aquí se dan cita, visten de su equipo y calzan medias de colores. Idolatrando a sus favoritos, fantasean con Cristiano Ronaldo, se rapan los laterales de la cocorota al cero y se tiñen de rubio la cresta de pavo real que les adorna el cerebro.
En este contexto de abducción colectiva traducido en chavales gritando, persiguiendo un balón para reventarlo a patadones, Álvaro y Urko tienen los santos cojones de aparecer por el campo luciendo un atuendo diferente: pantaloncillo y polo blanco inmaculado, muñequeras y felpa para el sudor de la frente, raqueta y pelotita amarilla. Pedazo de tipo.
Los rumores y cuchicheos no se hacen esperar. Las murmuraciones acompañan a las miradas inquisidoras. Sin embargo, a pesar de que dos extraterrestres acaban de desembarcar, nada parece alterarse en la plazoleta.
El blanco impoluto de sus vestimentas tenistas resplandece y ciega las bocas parpadeantes. Con una seguridad apabullante, Álvaro McEnroe y Urko Borg irrumpen en la improvisada cancha expropiada a los futbolísimos.
Como sólo tienen una raqueta para los dos, Urko lanza con la mano haciendo uso de una brutalidad impropia para su edad. Álvaro recibe la pelota vasca blandiendo su especie de guitarrón esquelético, propinando un golpe que se escucha en toda la periferia.
La plazoleta entera aguanta la respiración.
Un abuelo expectante acaba de quitarse la dentadura postiza y, liándola en un clínex como si fuera un cigarro, afirma que le están entrando los sudores fríos de la muerte contemplando el espectáculo. Por lo visto, al sacarse los dientes, no se sabe por qué ley de la física atmosférica, también se despoja de los calores, disminuyendo al instante su sensación térmica.
Una gaviota hambrienta acaba de atacar a un palomo en una esquina. Lo ha acorralado, le ha dado tres picotazos mostrando toda su ira y, vilmente, ha huido volando. El palomo se ha quedado cojo, revoloteando en el centro de la pista, esquivando como puede los lanzamientos extremos de los contrincantes. Se masca la tensión del momento.
Mi vecina, la que se supone que es gogó, también se ha asomado a la ventana, intrigada por el olor a testosterona que emana del asfalto. Por un instante, los ojos de la plazoleta se han clavado en otro blanco que no ha sido el de los inmaculados polos de los dos adversarios. El partido afloja y los comentarios registran ahora la cantidad de bótox que se ha puesto la Puri este verano. Yo me relajo comprobando lo fácil que cambian las lenguas de objetivo y lo fácil que se desvía la atención.
En esto que aparece Juan, melena al viento, haciendo uso de sus tics nerviosos y sus gestos compulsivos. Tras el último brote, el médico le ha retirado la medicación y le ha mandado que se bañe en La Caleta tres veces al día. Mucho mejor. Desde que falleció su madre, ya no es el mismo y a todos nos duele verlo tan calmado. Su huracán interior se ha entristecido y una calma fúnebre se apodera de sus convulsiones espasmódicamente. Al darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, se ha detenido como un parroquiano más. Yo, por empatía, me he paralizado al verlo y he comenzado a emocionarme. Hacía años que no lo veía tan quieto. La intensidad del instante es tan única como extravagante. Álvaro y Urko nos tienen a todos con el alma en vilo.
A través de la pared del piso, se escucha perfectamente la homilía del vecino de al lado. Antonio ofrece conferencias gratuitas a su esposa cada tarde. Él es pastor evangelista o protestante, no recuerdo bien, y su mujer, Elvira, la más beata de nuestra parroquia. Forman el tándem perfecto. La hora de la particular misa casera es variable, atendiendo al viento que sople en ese momento. Las tardes de levante, al sacerdote de corazón le entra el siroco en el cuerpo y se le suelta la verborrea que da fatiga oírlo. Ella se persigna cuando lo ve venir calentando la mandíbula y se encomienda al cielo ante el irrefrenable avenate de oratoria que le espera.
El locuaz esposo ofrece sus avanzadas doctrinas vehementemente. Durante un tiempo, se mantiene incubando la información, procesando sus interminables lecturas y, luego, llegado el punto de la eclosión, los datos almacenados parecen estallar en su cerebro como fuegos artificiales que nos iluminan a todos con su pertinaz alarde de conocimiento.
A pesar de lo incomprensible de la selección temática objeto de su particular interés, los inquilinos colindantes pegamos la oreja con la curiosidad del que se asoma por el hueco de la cerradura de enfrente. A veces, su discurso resuena singularmente en todo el bloque: los peligros de las ondas electromagnéticas se ciernen sobre nuestras cabezas y el apocalipsis está a punto de llegar; el agua del grifo contiene miles de bacterias asesinas que se alojan en nuestro estómago y nos carcomen con nocturnidad y alevosía; la masculinidad desaparece a pasos agigantados y la testosterona se encuentra en peligro de extinción; nuestro sistema educativo se descompone y no aprendemos nada de Finlandia o…el tema que ha tocado hoy: por qué no pueden colocarse las botellas de agua en el suelo.
Con gran revuelo, acompasadas con la agitación producida por el partidazo de abajo, sus palabras se introducen incomprensiblemente en nuestros oídos produciendo aún más estupor.
Antonio vocifera, propasándose en decibelios:
- Nuestro suelo es el mismísimo Lucifer, infestado de porquería, capaz de perforar el envase de plástico invisiblemente con la fuerza de un tifón y contaminar el agua que bebemos con más virus y microorganismos patógenos que los que podemos encontrar en la taza del váter. Y tú, mujer, tienes terminantemente prohibido depositar cualquier tipo de envase de plástico sobre el suelo o moriremos todos de envenenamientos diversos y toda la culpa recaerá sobre ti por siempre jamás.
La beata, postrada en su silla de ruedas, a veces atina a colocarse los tapones de los oídos disimuladamente y las dos horas de argumentación ininterrumpida transcurren pensando en las musarañas. En peores ocasiones, el tsunami verbal la pilla de improviso, así que la observamos a través de los visillos con una mueca torcida, aguantando el gesto y entreteniéndose mientras dura el sermón realizando los ejercicios Kegel y corroborando una y otra vez:
-Amén, Antonio, Amén.
Esos días, los vecinos aprovechamos para cuadrar nuestra propia porra con señas parecidas al lenguaje de sordomudos en versión de barrio y apostar si la vecina aguantará estoicamente el chaparrón o se tirará rodando por las escaleras con sillita incluida.
El público parece que está perdiendo el interés por la pelota amarilla y alguno comienza a notar los síntomas de una contractura en las cervicales por tanto mirar de un lado a otro de la improvisada pista.
Álvaro y Urko lo perciben y se guiñan un ojo como diciendo “ya está bien por hoy”.
Lentamente, se van aproximando sin dejar de batirse. Un drive, un revés, servicio, la volea, el globo y…finalmente, el último remate de Álvaro. Precioso remate, señoras y señores, con el que concluye este espectacular partido.
Lejos de enfadarse, Urko corre a abrazar a su contrincante y toda la plazoleta explota en una ovación desenfrenada:
-Iiiiiiiii- ín. ¡Cabrón!
Los niños alzan sus manos como toreros que hubieran rematado su faena cortando las dos orejas y el gentío les aplaude de manera histriónica.
El abuelo seca sus sudores con el pañuelo del bolsillo e, ipso facto, su dentadura cae al suelo. El palomo cojo la atrapa al vuelo pensando que es una rebanada de pan y se aleja, ya más repuesto, con ella en el pico cual ramita de olivo.
La Puri, sobrexcitada, brinca de alegría, regalándonos uno de sus pechos que se escapa virulento del escote de su combinación.
Juan salta en el aire, dando volteretas sin manos y, en una de ellas, se golpea la frente contra un chino del pavimento abriéndose una brecha. No brota mucha sangre, lo justo para que se desmaye y alguien llame al 112 por una causa noble, no por cachondeo.
Antonio ha interrumpido momentáneamente su discurso para asomarse al balcón. Elvira, milagrosamente, se ha levantado de su silla y se ha tomado un gelocatil aprovechando el despiste y la pausa.
Yo he sacado la bandera del Cádiz y, agitándola como la que está sacudiendo un mantel, he comenzado a gritar asomando medio cuerpo por la ventana. No sé muy bien lo que estoy haciendo. En esta colmena efervescente, la plazoleta y el barrio, cada cual ocupa su hilarante lugar con el debido respeto, pero hoy nos estamos volviendo especialmente locos de remate. Será que va a saltar el levante. Algo estamos barruntando.
Lejos de acabar en pelea, como algunos vaticinaban, el norte y el sur de España se alejan en posición de compadre, con los brazos por encima del hombro en plan cuadrilla o chirigota, según se mire.
El abuelo desdentado abraza a Juan y lo consuela, taponándole la herida con el mismo pañuelo que envolvía la dentadura y con el que se ha secado los sudores. La Puri se precipita escaleras abajo, excesivamente contenta, para recibir el calor humano de la plazoleta en directo. El palomo acaba de cagarse en la ropa que tengo tendida y Antonio y Elvira, sin saber muy bien por qué, se están comiendo la boca.
Álvaro y Urko saludan a la afición. Sólo una voz sobresale entre la muchedumbre, la mía, que acaba de aclararse con el tercer tinto de la tarde y ya está lista para cantar alzando el vaso de tubo sobre el tendedero:
-Señores, vámonos que nos vamos. Que el Carranza es pasado mañana. Que este año juegan las mujeres y la vamos a liar. Si es que estamos de remate. Niños, viva el tenis y viva la madre que os parió:
Me han dicho que el amarillo
está maldito pa' los artistas,
y este color sin embargo
es gloria bendita para los cadistas.
Aunque reciben a cambio
todo un calvario de decepciones,
de amarillo se pintan la cara,
amarillos son sus corazones.
Han dado su vida y sus gargantas,
siguiendo a donde haga falta
al Cádiz de sus amores.
Ratatatata ratatatatá
benditos sean los que llenan de esperanza,
ratatatata ratatatatá
cada rincón, cada escalón de mi Carranza.
Sin importarles que nunca,
vayan a ser campeones
han conseguido el respeto,
de toda España, por estos colores.
Por eso viva mi Cádiz, vivan los cadistas, vivan sus cojones
.

lunes, 22 de julio de 2019

Las cosas del verano




Entre tinto y tinto pueden pasar muchas cosas. Las que somos madres y correteamos detrás de los niños con un buche en la boca lo sabemos. Yo es que ya ni me acuerdo de lo que era sentarse en un velador, colocar las piernas disimuladamente sobre la silla de en frente y empaparme el gaznate y el espíritu con la espumita helada de una cerveza de barril. Sólo de pensarlo se me saltan los lagrimones.

Ahora mis cañas y mis tapas aparecen impregnadas de un estado de alerta que yo nunca antes había conocido. Ya no voy mirando si el sitio está bien, ponen buena música, tiene bonitas vistas al mar y pescaíto fresco, sino si hay suficiente espacio para salir corriendo en caso de que el niño se caiga de boca o le tire un cacharrito a algún cliente, cosa que parece que se ha puesto de moda ahora. No hay una terraza en la que nos “sentemos” en la que no llueva un muñequito de Peppa Pig en lo alto de la ensaladilla, en la que una pala o un rastrillo voladores no derriben el vaso de tubo sobre mi falda o en la que la chocolatina derretida de turno no se pose sobre la tortillita de camarones recién hecha.

Para colmo, con las telas tan finas con las que hacen los vestidos veraniegos, en cuanto que te cae una cerveza encima, se te transparenta todo, con lo que una va dando el espectáculo, primero por sucia y luego por exhibicionista.

Yo, respecto a esto último, ya he terminado por perder la vergüenza directamente y, lo mejor de todo, es que cada vez me estoy encontrando con más gente que va en el mismo plan, así que como dice el refrán, después de perdidos, al río. O como diría la divina, a mí plin, yo soy Ordóñez Dominguín.

La verdad es que cuando una se quita de un plumazo los pudores invernales, siente como si soltara un peso moral a la vez que corporal, de ropa, de mente y de todo. Vamos, que hasta el pescaíto te sabe más rico y no te importa tanto que la Peppa Pig se te meta en el plato cada vez que le sale a ella de su corazón.

Toda esta sinvergonzonería germinó en mí cuando empecé a juntarme en la playa con más gente que tiene niños, con lo que conlleva esto: pelotas volando, peleas en la arena, cubos de agua peregrinos, algas en la cabeza como si fuesen pelucas, carreras espontáneas al estilo de Pamela Anderson, algún tropezón con una piedra de la orilla, inclinaciones constantes, genuflexiones esporádicas, aberturas de piernas imprevistas, cuclillas, agachadillas, un niño que trepa por tu sujetador porque ha visto la aleta de un tiburón imaginario…

Antes de verme en este plan, a veces yo me aburría en la playa y me ponía a contemplar la actividad incansable de las madres con los niños. Muchas veces observaba las escenas y me entretenía desde la distancia pensando:
- “A la mujer se le está viendo toda la teta y nadie le dice nada”.
- “Esta va ya con la parte de abajo del bikini por media pierna y sigue corriendo detrás de la pelotita”.
- “A esta pobre le veo yo hasta el píloro cada vez que se agacha a coger un cubito de agua en la orillita”.
- “Hay que ver el niño, los jalones del pareo que le está metiendo a su madre, no va a parar hasta que la deje en pelotas, míralo, la dejó…”

Así podía pasarme ratos y ratos, ajena totalmente a la película que admiraba desde mi tumbona como la que está viendo un cine de verano.

Lo mismo todo esto que me pasa ahora es castigo de Dios, como dicen en mi barrio, por haber sido tan mala persona de pensamiento. Sin embargo, ahora que me veo yo de protagonista de la peliculita…la verdad es que no tiene tanto chiste.

Lo que sí que me hace gracia es que los hombres se van incorporando poco a poco a esta labor de briega infantil playera. Este reparto solidario me congratula y me llena de satisfacción. Por una parte, por el tema de la paridad y todo eso, pero, por otra… lo que me encanta es ver que a ellos también se les descompone el palmito, el bañador, la huevera y hasta las entretelas cuando se ponen por derecho con su descendencia.

Yo al principio tenía un dilema muy grande:
- “Se lo digo o no se lo digo…”

 Pero luego… una vez que pensé en todas las madres que a lo largo de su historia veraniega han estado enseñando involuntariamente agosto tras agosto desde los flecos de las entrepiernas hasta el cerete a través del tanga, la pechera por debajo de los aros del sostén o el chumino mismo intentando meterse en el flotador del niño por hacer la gracia…

Anda hombre y viva el silencio administrativo.

Yo ahora estoy morena a parches, porque con tanto trasiego no tengo asiento ni para extenderme bien la protección solar.

Hay muchas compañeras de fatigas que están igual que yo. Sin embargo, también hay muchos padres de familia que se están uniendo a la pandilla, compartiendo tareas, juegos, sudores, carrerones…y por qué no decirlo, también están compartiendo su circuncisión cada vez que dan una voltereta para divertir al niño, su orificio anal cuando se van a coger cangrejos y el niño se agarra al bañador para no caerse, la cicatriz de la operación de apendicitis y hasta el tatuaje secreto que nada más que conocían su mujer y él.

En fin…yo me lo tomo como una pequeña justicia visual que todas nos merecíamos ¿O no?

Esta cervecita va por vosotras, amigas caleteras. Tomárosla rapidita antes de que lleguen vuestros terremotos.

domingo, 30 de junio de 2019

Código de pañuelos



Hace poco acompañé a una amiga que estaba pasando una mala racha a un local como el que era el Veinte en sus buenos tiempos. Todo un clásico, liberal y moderno hasta decir basta.

Ella andaba algo despechada porque su compañera la había dejado. Lo que le apetecía era despejarse un poco, estar en su ambiente, pero no sola. Así que como yo perdí en el parto la poca vergüenza que me quedaba, me ofrecí a ser su acompañante por una noche. De este modo, si nos la encontrábamos, ella podría darle celos con “la nueva”.

Un pañuelo al cuello puede denotar faranduleo, como en el caso de Pablo Alborán o Jesús Quintero. También puede ocultar el chupetón que te hicieron la otra noche o simplemente intentar arreglar una laringitis mal curada.

Lo que yo no sabía era que en algunos locales como en el que estábamos existía igualmente un código que utiliza los pañuelos como signos de comunicación. Por lo visto, dependiendo del color que tenga el pañuelo y del lugar en el bolsillo o en el cuerpo, indica por ejemplo si vas dispuesto a una masturbación, a una sesión de sadomasoquismo, si eres vagón o vagoneta o si te pone la coprofilia.

Es algo como el lenguaje decimonónico de los abanicos, pero con algunos matices. Su principal función es comunicar a los demás tus preferencias eróticas sin tener que hacerlo verbalmente.

La cuestión es que yo esa noche llevaba un pañuelo al cuello por cuestiones personales que no vienen al caso, pero mi amiga no me había comentado nada de todo lo que esto podía acarrear. La noche prometía, pero de verdad.

Al rato de pulular por allí, después de algún cubata que otro y rozamientos casuales por doquier, medio que me acorrala en la barra una muchacha y comienza a susurrarme algo que no entendía pronunciado en una lengua ebria. Después de mesarme los cabellos y ponerse a jugar con el pico de mi pañuelo, yo traduzco que lo que quería era interesarse por mi cuello o el pañuelo o no sé muy bien qué, pero tenía que ver con la zona.

Total, que, al crecer el interés de la chica tras varias evasivas mías, cedo en contarle por qué llevo puesto un pañuelo esa noche alrededor del cuello.

Durante este año me han brotado varias verrugas en el cuello. Verrugas pequeñas, sin importancia, pero que me estaban dando la lata porque se me estaban poniendo de punta y parecían incipientes caracolillos a punto de echar a andar.

Pedí cita en el dermatólogo para consultarle el tema de quitármelas, pero iba a tardar muchísimo en atenderme.
Iba a llegar el verano y a estar yo con el cuello adornado con una ristra de verrugas como si fuera la bruja de Blancanieves. Así que comencé a buscar información en páginas sobre medicina natural y remedios caseros, intentando encontrar una solución alternativa a la tardanza del dermatólogo.

De esta manera, encontré un remedio que consistía en untarte un diente de ajo en la verruga durante una o dos semanas hasta que esta se secase y se cayese sola. Me decidí y comencé el tratamiento, pero al ver que así y todo iba a tardar mucho, decidí en lugar de frotarme el ajo, dormir toda la noche con una rebanada de ajo pegada con cinta adhesiva al cuello. Bueno, una por cada verruga.

Al principio picaba un poco, pero como para presumir hay que sufrir, yo aguantaba el tirón cada noche observando cómo se iba enrojeciendo la zona afectada y mi pareja se mostraba algo distante conmigo. Se supone que a los cuatro o cinco días ya estaría el problema solucionado, sin embargo, la piel lacerada comenzó a sangrarme y a infectarse un poco. Así que, al tratamiento del ajo, uní el del Betadine para curarme las heridas que se me habían formado con el ácido del ajo.

Las verrugas se fueron desprendiendo solas, pero la piel de alrededor también. Como así no podía salir a la calle, me comencé a colocar una tirita transparente para tapar las llagas y que la gente no se creyese que me había caído aceite hirviendo por encima o que un vándalo había intentado estrangularme para robarme, violarme y a saber cuántas cosas más.

Lo que ocurrió fue que las tiritas que tenía en casa eran de las fuertes, de las resistentes al agua y, al arrancármelas, me hice todavía más daño del que tenía ya hecho, desgajando una tercera circunferencia de pellejo que creaba un efecto leproso que tiraba para atrás.

-Tras toda esta explicación, comprenderás ya por qué vengo con un pañuelo en el cuello.

Ella se sonrió. Me miró con algo de complicidad y mucho de incredulidad. Me preguntó si yo era versátil. Yo le contesté que sí, que yo desde pequeña había sido siempre un montón de versátil. 

Me zampó un muerdo que tardé dos páginas webs de historia gay en entender. 
Y, cuando lo entendí, me encantó.

martes, 23 de octubre de 2018

Objetos Perdidos





El Ayuntamiento de La Carlota (Córdoba) junto con la revista literaria ‘Sueños de Papel’, convocó recientemente el I Premio de Relato Corto ‘Manuel Sánchez-Sevilla’, que homenajea al escritor, fallecido hace ahora un año.


Se le recuerda trabajando hasta el último minuto e inmerso en lo que más amaba: la literatura y la comunicación. Manuel Sánchez Sevilla, pseudónimo de José Manuel Sánchez Rodríguez, fue presidente de la Asociación Cultural “Papel y Tinta” de Écija, escritor y editor, docente y promotor de la Feria del Libro de varias localidades de la provincia de Córdoba y Sevilla.

Va por él este homenaje y por todos los que nos dejan su corazón entre los libros.
Es un gran honor para mí presentaros el texto ganador de este certamen. Con todos ustedes:


Objetos perdidos

Durante la limpieza de una caseta, puede aparecer cualquier cosa. La gente se deja olvidado de todo.

Nosotros, sin ir más lejos, montando y desmontando módulos, tubos y lonas, hemos encontrado muletas y bastones, seguramente pertenecientes a cojos psicológicos; carritos de bebés que echarían a andar en la feria; paraguas inservibles tras un rayo de sol; las gafas de los que recuperaron su vista ante algún libro milagroso; sombreros de los que se lleva el viento; llaves, guitarras, bicicletas, un perro, la banda de una despedida de soltera y hasta audífonos de pega para espantar a los charlatanes.

En alguna ocasión, se han producido hallazgos verdaderamente estremecedores. Recuerdo el día en el que encontramos un peluche que tenía marcada la huella de la manita de su dueño en el sitio por donde solía sostenerlo. Del cuello le colgaba una placa plastificada con una inscripción: Lolo.

Fue encontrarlo y aparecer a los dos minutos una madre desbocada arrastrada por un niño furibundo que agitaba los brazos al viento mientras gritaba: “Mío, mío”.

La entrega del muñeco aconteció como un programa de Paco Lobatón.

El niño y el Lolo se fundieron en un estrepitoso abrazo, bajo la atenta mirada de la emocionada mujer que nos daba las gracias una y otra vez. Cada uno de nosotros, al contemplar las lágrimas de ambos, se vio envuelto en una regresión momentánea en la que apareció de pronto la imagen de nuestro peluche de la infancia, nuestra mantita o aquel querido chupete que, un día, se llevó un gato en la boca.

Se nos representó también la escena de la película Náufrago en la que el protagonista pierde a su compañero de viaje, un monigote fabricado con una pelota. Allí vimos al niño, como Tom Hanks, angustiado en mar abierto, sumergido en una tempestad de llanto, con esa voz quebrada de rabia y amor: “Wilson, lo siento”; “Lo siento, Lolo, nunca más volverá a pasar”.

A pesar de estos momentos tan emotivos, he de confesar que, para mí, lo más excitante es encontrarme una prótesis.

Uno piensa que, en la feria del libro, dedicada a personas amantes de la cultura y la lectura, no es usual ponerse ciego de rebujito (certera conclusión, por cierto). Sin embargo, y a pesar de que los visitantes no paseen ebrios por el recinto, alguno de ellos se deja la cabeza en un expositor, junto a su libro favorito, ese que al final no compró y sobre el que colocó, sin saber muy bien por qué, su dentadura postiza.

En otra feria diferente, estando ya prácticamente en el ecuador de sus días, mientras sacudíamos expositores y mostradores e intentábamos organizar cajas de libros, se oyó de pronto un grito de espanto. Al apartar con el pie una estantería pequeña, cayó al suelo una pelotita que a simple vista parecía una canica algo más grande de lo normal.

Al agacharme a recogerla y verme con la bola en la mano, di tal respingo que resbalé de culo sobre la sección de novelas de terror. La esfera vidriosa resultó ser un ojo de cristal. Mi alarido transmitió el sobresalto a mis compañeros, que, de momento, se convirtieron en lo que viene a ser un coro contemporáneo de voces mixtas.

Una de mis colegas quiso observarlo detenidamente. Cogió el ojo y lo acurrucó entre sus manos con cuidado, como la que sostiene un pajarito, pero, de repente, el pánico se apoderó de ella y el pelote escapó de un brinco cual preso en libertad provisional.

Mi sobrino, que es un mamarracho de criatura y que trabaja conmigo, atrapó el ojo al vuelo y dio lugar a un número malabar que no se lo salta un galgo.

De buenas a primeras, se lo colocó a la altura del orificio anal por encima de su pantalón vaquero y, como buen emprendedor de hoy en día, se inventó un negocio: la rumpología inversa.

Se situó en un estand que había quedado libre y empezó a decirle a todo el que pasaba que era capaz de ver el futuro con su ojo del culo mágico. Parecerá una ordinariez, pero el chaval se expresaba con tal gracia, que la gente se acercaba a que le viera el futuro a través de su ojo vago a cambio de la voluntad.

Daba palique a los viandantes contándole trolas acerca de que había estudiado en la escuela de Jacqueline Stallone, la madre de Rambo (que por lo visto es una fenómena en el arte de leer las nalgas) y que había sido instruido por los mejores en este desconocido arte de la nalgomancia indirecta o la rumpología inversa.

Explicaba que lo que estaba de moda era que algunos videntes leyeran las arrugas del ano y auscultasen el lado derecho del glúteo para establecer correspondencia con el hemisferio cerebral izquierdo y viceversa. Sin embargo, su proceso era invertido: no es que él leyera el culo a la gente, sino que su ojo del culo mágico veía el futuro de las personas en sí. Se trataba de un cambio de dirección, una técnica mucho más novedosa y menos lasciva, dónde va a parar.

Mi sobrino, que no tiene vergüenza ni tampoco la ESO, que sigue siendo un mamarracho y que, como os he contado anteriormente, trabaja conmigo, lee todo lo que cae en su mano. Así que, con su cultura de estar por casa, establecía unas conversaciones interesantísimas sobre la fisura que separa ambas posaderas y sus diferentes interpretaciones.

Los asistentes al estand del ojo de cristal nigromante, pagaban gustosos la voluntad a cambio de tres tonterías sacadas del horóscopo del periódico o una charla sobre Jodorowsky y su etapa de lectura de anos en París.

Tras el esperpéntico vaticinio, recomendaba los libros que le salían del ojo, propiamente dicho, así que de allí zarpaba lo mismo Este morir a gotas que Soseki, 
El tesoro del Alcázar o La cocina de Txumari. El negocio iba viento en popa.

Nosotros nos tomábamos sus intervenciones con mucho respeto, de manera que, como el dueño del ojo nunca volvió a recogerlo, decidimos meterlo en la caja de los objetos perdidos que llevamos de feria en feria por si acaso alguien viene a buscarnos con el fin de recuperar ya sean sus llaves, su cartera, el pañuelo, la dentadura o el paraguas.

Hace poco, vino a visitarnos el autor de uno de los libros que había vendido mi sobrino.

Tras terminar su presentación, el chico se le acercó con guasa para enseñarle el numerito del ojo que todo lo predice. Entre risas, concluyeron que el ojo veía el panorama muy negro porque en realidad era un ojo ciego. Nuestro autor entró al trapo y le mostró un ejemplar que había adquirido de Gracias y desgracias del ojo del culo de Francisco de Quevedo y Villegas.

Entre una cosa y otra, acabaron la velada entre risotadas a cuenta de fragmentos como el de Lléguense al reverendo ojo del culo, que se deja tratar y manosear tan familiarmente de toda basura y elemento ni más ni menos; demás de que hablaremos que es más necesario el ojo del culo solo que los de la cara; por cuanto uno sin ojos en ella puede vivir, pero sin ojo del culo ni pasar ni vivir.

En definitiva, de lo adivinatorio y jodorowskiano pasaron a lo escatológico de Quevedo, a sus rocambolescas descripciones y a la sentencia con la que las resume José Luis Cuerda: El recto, en las proximidades del ano, sabe si lo que soporta es sólido, líquido o gaseoso. Por lo que cabría preguntarse si no es más sabio el culo de todos que el pensamiento de muchos.

El rato que allí se vivió fue antológico en nuestra feria del libro.

Tan contento se marchó nuestro autor, que, de recuerdo, dejó allí su corazón. Lo dejó escondido en un anaquel, acompañado por una nota que él mismo escribió de su puño y letra.

“No estoy perdido, ni olvidado. Soy un corazón libre. Estoy aquí para que me leas. Y, cuando lo hayas hecho, me dejes de nuevo en un sitio cómodo para que otra persona pueda disfrutar de mi lectura. Gracias por leerme”

Cuando lo encontramos, al recoger las casetas, pensamos en la estadística que afirma que el 70% de los objetos perdidos retorna a sus propietarios. Así que, desde entonces, lo llevamos de feria en feria. Lo tenemos a la vista en un cajón, entre la dentadura y el ojo mágico, albergando la esperanza de que su dueño se presente un día a recogerlo.

Hay gente que, además de su prótesis o cualquier parte de su cuerpo, un día de estos, en la feria del libro, va a dejarse la cabeza. Alguno ya se ha dejado el corazón sobre un estante, en un libro…si lo abres y lo lees, podrás comprobar si encaja con el tuyo. 

Eso sí, cuando lo hayas hecho, vuélvelo a dejar, por favor, que es un corazón libre.

Almudena Ocaña Arias

sábado, 25 de agosto de 2018

Llevo la papa, la fanta, la cocacola, la cerveza…




Durante este verano, he llegado a un punto de mi vida en el que no sé si disfruto más haciendo el amor o comiendo.

Sé que está feo decirlo, pero el universo del queso payoyo se ha revelado ante mí, acompañado por el vino de Chipiona y el pan de telera, causando un efecto estremecedor en todo mi organismo. Creo que esto ya es imparable. Los salazones de Barbate revolotean sobre mi cabeza, meciéndose entre ensaladas de algas, langostinos de Sanlúcar y caballas caleteras con su piriñaca. Siento abiertos todos los chakras de mi cuerpo, dispuestos a recibir explosiones de sabor sin ton ni son.

Por las noches, sueño con comtessas. Despierto sobresaltada porque se me aparece el postre pijama del restaurante chino diciendo “cómeme” y, aunque os cueste creerlo, ha llegado a presentárseme la dueña del Riancho para agradecer mis tardes de peregrinación por los callejones en busca de una cuña de chocolate. El levante me está sentando regular.

He ido abandonando paulatinamente mis demás aficiones en pro de las degustaciones gastronómicas más variopintas y así me encuentro, con ojos nada más que para los platos que se me pongan por delante.

Mi último descubrimiento han sido las patatas al ajillo, fritas con aceite de palma, aderezadas con una buena dosis de glutamato monosódico y conservante E-329.  Están para matarse. Las saco una a una del paquete y las saboreo despacito, remojándolas con un sorbito de Cruzcampo de lata, sintiendo el condimento de la arena que remueve el levante por estas tierras marineras. Gloria bendita.

Mi marido, que tiene el cielo ganado conmigo, no soporta ver la cara que pongo cuando veo aparecer por la orilla al vendedor ambulante de cervezas y patatas.

Miguel, que así se llama el hombre, emerge de entre las olas. Lo veo venir a lo lejos, vestido de blanco cual espuma de mar. Tira con brío de su contenedor tuneado en el que ha rubricado con rotulador indeleble: “bebidas frías”. Cuelgan a los lados sendas alforjas de plástico repletas de patatas al ajillo. Se me hace la boca agua con solo oler su sudor.

A veces tarda un poco en llegar o se entretiene charlando con cualquier otro cliente. Entonces mi estado de ánimo se altera. Me pongo de pie en la orilla, tapándome el reflejo del sol con la mano sobre mi frente, oteando el horizonte de derecha a izquierda, estirando el cuello como una jirafa en el zoológico.

Mi marido, que, a parte de tener el cielo ganado conmigo, me conoce como si me hubiera parido, intenta calmarme: “Tranquila, chiquilla, que ahora viene”. Pero no me tranquilizo, no.

Me asalta la imagen de los yonkis de mi barrio cuando iban a la farmacia a por la metadona y cómo tuvieron los farmacéuticos que abandonar la labor debido a los pollos que se montaban en la puerta de la botica. Esta estampa digna de ver se queda en pañales al lado de la que se está liando en la orilla. Las cabezas se agitan, los parroquianos se roen las uñas, aparece el síndrome de las piernas inquietas y las voces comienzan a sonar un poco más fuerte de lo habitual. Miguel, El Latas, que no viene.

Caigo en la cuenta de que hay cuatro o cinco personas más igual que yo, angustiadas por su propia desesperación, echando de menos a Miguel y al cargamento de su contenedor. Se oyen voces a lo lejos: “¿Qué le pasa hoy al Latas?”

Los efectos del glutamato monosódico son más que evidentes ya entre los bañistas. Nos encontramos en un lamentable estado de descomposición, a punto de abandonar nuestro puesto de vigía y calzarnos las chanclas para subir la escalera hacia el kiosko, a por las deseadas provisiones.

Sin embargo, de repente, la sombra del carrito con el ansiado cargamento se vislumbra a lo lejos. El murmullo se acalla y el rumor se convierte en silencio. La reacción no se hace esperar. Revoleamos las chanclas y levantamos las manos, agitando al viento los dos euros que nos transportarán al paraíso en un santiamén.

Alguno de nosotros corre hacia Miguel para ser atendido de los primeros. Los demás, contagiados por la emoción del momento, emprendemos a lo loco nuestra particular espantada hacia el objetivo. Saltamos por lo alto de cubitos y señoras en top-less. Uno mete un codazo para adelantar posiciones. A otra se le sale un pecho del bikini y se pone a la cabeza, captando la atención, emulando a Sabrina en esa mítica noche de fin de año.

Un muchacho que acaba de pisar la arena, impregnado todavía por el olor a pintura de su fábrica sevillana, se libera rápidamente de la butaca de playa y demás accesorios. Mira a su mujer, que lo espera amorosa con sus dos niños, bajo la sombrilla, después de pasar quince días sin verlo. Él le hace un gesto con la mano y le grita: “Que voy a ver a Miguel y ahora  mismo voy para allá”.

Tras este desafortunado comentario, el tsunami habitó entre nosotros. De nada le valen los consejos del mindfulness ni las clases de Tai chi. Ella siente en sus propias carnes la amenaza de las papas, la preferencia por la lata con su punto azul brillando en todo su esplendor y, sin más dilación, deja escapar ese alien que todos llevamos dentro, el que nos brota como lava de volcán cuando nos vemos reducidos a segundo plato. Segundo plato.

El terremoto de Lisboa no tiene ni punto de comparación con la hecatombe que formó la señora en la orilla. La mujer, herida en su corazoncito de María, corrió todo lo que pudo para abalanzarse sobre el pintor con el único objetivo de impedir que besase al Latas antes que a sus propios hijos.

Lo agarró por la camiseta y, cual luchadora de sumo, se le tiró encima para bloquear cualquier tipo de movimiento. Al pintor, con el forcejeo, se le cayeron los dos euros de la mano y eso fue lo que más coraje le dio. 

A mí, que me dan mucha pena estas cosas, se me ocurrió la idea de agacharme para coger las monedas y comprarle al chaval la cerveza y las patatas, ya que me pillaba de camino. Él no supo interpretar mi gesto y me agarró la pierna tal y como ocurre en las películas de miedo con esas manos que salen de debajo de las camas en plena noche, para hacer prisioneros a los tobillos que osan pasar por allí.

Al caer los dos cara a cara, resoplando sobre la arena, bajo el hiriente sol de agosto, nos dimos cuenta de que nos conocíamos del barrio y se acabaron los malentendidos.
Una extranjera, más blanca que una gamba cruda, comenzó a lanzarnos improperios en un idioma que bien podría ser la lengua de Jesucristo. A los dos nos dio por persignarnos en su cara, por lo que pudiera pasar. Hecho esto, pronunciamos entre dientes algunas palabras.

“No veas la mala leche que sigue gastando la Manoli. Igual que cuando era chica” Le susurré al oído. “Anda y dale un besito ya, hombre, que nos va a salir la cerveza por un ojo de la cara, sin ningún tipo de doble sentido”.

Nos levantamos como pudimos, echándonos una manita, porque, por muy brutos que seamos, el barrio es el barrio y aquí, entre nosotros, nos ayudamos. Saludamos a Manoli y a los niños y en esto que ya había llegado Miguel hasta donde estábamos nosotros.

Venía con las latas frías y las patatas en la mano, después de haber visto el numerito que habíamos formado mientras tanto.

Mi marido se acercó cuando ya había pasado el temporal con cara de pocos amigos.
“Que sepas que pienso hablar con el alcalde para que te ponga en la guía turística de la ciudad. Espectáculos como este deberían ofrecerse cobrando entrada”.

Manoli se llevó a los niños al agua con la cara del revés.

“Anda, anda…” Nos dijo El Latas.
“Que sepáis que las infidelidades se pagan”

Y, no es por nada, pero esa lata de cerveza congelada, acompañada por ese paquete de papas al ajillo fritas con aceite de palma y glutamato monosódico a espuertas, provocaron una oleada de placer colectivo junto a la orilla que debería quedar reflejada en el libro Guinness de los Récords.

Hacer el amor con un paquete de patatas y una cerveza no es tan raro como parece.  Seguro que alguno de vosotros lo entiende. En definitiva, me he quedado pensando en que esta infidelidad veraniega todavía se encuentra al alcance de nuestras posibilidades. Así que, Carpe diem.

Feliz entierro de la caballa a todos y que la Manoli nos coja confesados.



domingo, 19 de agosto de 2018

Sologamia, por favor






La sala de estar de mi abuela tenía los tresillos tapizados de rojo. Las cortinas, las enaguas de la mesa y demás enseres también eran del mismo color. A veces, durante las tardes de verano en las que a los primos nos confinaban a la tortura de esos sillones, nos mimetizábamos con la salita, a unos cuarenta grados de temperatura a las cuatro de la tarde y nos derramábamos literalmente unos sobre otros sin saber ni lo que hacer. 

Durante las vacaciones estivales, la salita roja constituía el punto de encuentro de los nietos durante la hora de la siesta y la verdadera metáfora de lo que era un horno de cocer bizcochos. La casa entera se mantenía en silencio, brillando bajo el castigo del sol de verano andaluz. El bullicio infantil se concentraba en ese cuadrilátero rojo, en el que nos animábamos con una tele en blanco y negro y los juegos reunidos Geyper. Fotografías de todos nosotros vestidos de primera comunión colgaban de las cuatro paredes y un flamenco disecado, que nunca logramos saber si se quedó así por la temperatura que alcanzaba la salita, flanqueaba la esquina con una autoridad algo dudosa para nosotros.

Lo de nuestras fotografías tenía su explicación. El primer nieto que recibió la comunión le entregó orgulloso su retrato de estudio a la abuela. Ella enmarcó la fotografía y colocó el cuadrito en el centro de la salita a la que los padres nos exiliaban de cuatro a seis de la tarde. Sucesivamente, el resto de los nietos fuimos realizando la misma operación que el primo mayor. La abuela, igualmente, fue colgando los siguientes cuadritos de manera estratégica, en forma de escalera, como la que tiende las bragas, hasta meternos allí a los doce nietos.

Llegó un momento en que la habitación parecía el decorado de la película de los otros. Los nietos fuimos creciendo, llenándonos de espinillas y regodeándonos en nuestro inmenso pavo. Sin embargo, nuestras fotografías permanecían suspendidas en la pared, como si fuésemos niños fantasmas, para que no se nos olvidase ese precioso día en que nuestras madres tuvieron la maravillosa idea de vestirnos de almirantes, pseudonovias, marineritos o angelitos. Y, como no, para servir de cachondeo a todo el que tuviese alma de entrar en la salita roja a la hora de la siesta.

En cuanto al flamenco embalsamado, ninguno de nosotros supo nunca cómo había llegado hasta allí. Un pájaro espectacular, que nos superaba en tamaño a la mayoría, nos acompañaba durante nuestro tiempo de presidio cual anuncio de un local de taxidermia venido a menos. Siempre estuvo ahí, con una patita hacia arriba como el palillo de un chino, el cuello estirado y el pico tieso, más seco y más duro que una mojama. Tenía los ojos negros como el tizón y, de vez en cuando, le brotaba una hormiga de los agujeros del pico.

A veces, durante nuestra estancia en la salita, el sueño nos derrotaba y caíamos rendidos de mala manera sobre el tresillo rojo, con las piernas torcidas y la cabeza colgando.

Mi hermano, que era el que más resistía el cansancio y el que más por saco daba, se entretenía inventándose perrerías para todo aquel que se durmiese.
A mí me arrimaba el flamenco a la cara en cuanto cogía el sueño. De manera que una vez abría los ojos, con el hilillo de baba colgando, los sudores resbalando por el pecho y al borde de un golpe de calor, lo primero que veía era el pico del pajarraco sobre mi nariz.

Las primeras veces, por poco fallezco de un infarto infantil. De vez en cuando, el pobre flamenco se llevaba un guantazo mío gratis y acababa rodando por el suelo con algún niño en lo alto que le hacía la reanimación cardiopulmonar porque decía que yo lo había matado del porrazo. Luego, cuando ya el flamenco y yo nos habíamos repuesto del susto, cobraba mi hermano por gracioso.

El resto de los primos se revolcaba por el suelo de la risa. Nos habían perdido todo el respeto tanto al flamenco como a mí. Gritaban “que se besen” con todas sus fuerzas y luego le contaban a todo el mundo que hacíamos muy buena pareja y que yo iba a terminar casándome con el flamenco debido a las confianzas que estábamos cogiendo. Yo, por seguir la broma, cuando me hartaba, lo besaba en el pico y luego escupía la hormiga que me había traído con el arrumaco y la caraja.

Recuerdo las veces que juré quedarme soltera y entera, como la tía Pepa, que era la única que podía dormir la siesta a gusto en esa casa. Nuestros padres sudaban la gota gorda de dos en dos, incrustados en esas camas de menos de un metro treinta con el colchón de borra. Los niños teníamos que aguantar a mi hermano con el flamenco y cocernos a fuego lento como un langostino en la dichosa salita roja. Sin embargo, ella, la tía Pepa, con toda su soltería, se despatarraba en la cama, se enchufaba el ventilador y ahí se las daban todas de cuatro a seis.

Luego crecí, se me olvidó lo del flamenco y ya se sabe. Tuve al niño y volví a la época en la que no me dejaban dormir la siesta por más que yo lo intentase. El pico del pájaro se convirtió en la protuberancia de un libro de filosofía que me golpeaba en la frente cada vez que cerraba los ojos y las risotadas de los primos se transformaron en una vocecita aguda que no calla.

Frecuentemente pienso en la tía Pepa, en la palabra solterona, en la palabra niños, en la hora de la siesta, en lo bien que dormía ella…y me da una envidia que no puedo.
Ahora, quedarse soltera es tendencia. Algunas de nosotras, hartas de lidiar con parejas intermitentes y decepciones continuadas, han optado por la sologamia: casarse consigo misma. Por lo visto, esta moda tiene como objetivo mostrar nuestro compromiso de amor con nosotras mismas públicamente y al mismo tiempo abrir un debate sobre el modelo de amor romántico que impera en nuestra sociedad.

Llegadas a una edad, si ven que el matrimonio no llega, se lían la manta a la cabeza, se visten de novias, se compran su tarta, su anillito, montan una fiesta, se contratan su reportaje fotográfico, se organizan su viajecito y se pegan un homenaje que no veas. Hay de todo, menos novio. Algunas se reciben ellas mismas a la vuelta con una pancarta que pone: “Amarse a uno mismo es el inicio de un romance que dura toda la vida”, como dijo Oscar Wilde.

Yo lo veo todo tan bonito que me están entrando ganas de subirme al carro. La primera parte me la saltaría directamente y pasaría a los quince días de permiso por matrimonio, a lo que es la luna de miel. Caribe, Rivera Maya, Islas Fiji…o el spa de mi pueblo, cualquier sitio me viene bien.

La única pega que le encuentro a la sologamia es el problema de la convivencia.  Yo intentaría establecer una relación flexible, por no saturarme. Una misma ahí todo el tiempo puede ser un poquito cargante y a ver si voy a acabar en divorcio en cuantito que vuelva del viaje. No sería la primera.

Por otra parte, tendría que arreglar lo de la pensión de viudedad, el permiso en caso de enfermedad del cónyuge, la declaración de la renta conjunta y alguna que otra cosilla más.

Pero vamos, que todas las trabas que pueda tener la sologamia son minucias al lado de poder tirarte en la cama a las cuatro de la tarde, bajo este castigo del sol andaluz, despatarrarte a tus anchas, enchufarte el ventilador y quedarte traspuesta hasta nuevo aviso. Lo que hay que inventarse para que la dejen a una dormir la siesta.