viernes, 22 de enero de 2021

Embarazo psicológico

 

  



Hace unos cuantos meses, una amiga mía tuvo un embarazo psicológico. Se le hincharon las piernas, el vientre y todo lo que se inflama cuando una se encuentra en estado de buena esperanza. Aumentó el volumen de su abdomen, sus glándulas mamarias se volvieron turgentes, subió de peso y hasta notó en dos ocasiones los movimientos fetales.

A pesar de todo, tuvo claro que su embarazo era imaginario, aunque todos los síntomas fueran reales. Su marido y ella se «apañaron» (como suele decirse) tras el segundo parto, que fue una pesadilla de la que terminaron bien escarmentados. De manera que no había posibilidad física ninguna. Sin embargo, ella, desde hace tiempo, tiene un amor platónico. Suspira por un muchacho recurrente, de esos con los que una imagina que comparte una
noche loca de poemas, alcohol, risa y promiscuidad. Todo se queda en la imaginación, porque con solo figurarse las consecuencias reales que una nochecita de estas acarrearía en su vida, se le baja toda la libido que la utopía mejor pintada le pudiera proporcionar.

Yo no sé a vosotras, pero a mí, por lo menos, me cansa una conversación interesante que dure más de una hora, no aguanto ni medio cubata, me harto de estar de pie y, si tengo candidiasis cada dos por tres con pareja estable, no sé yo lo que sería capaz de padecer por mis bajos fondos si me da por echar una canita al aire.

En fin, que ella pensó que su embarazo podría ser fruto de alguna de esas noches furtivas en las que el subconsciente la traicionaba y se iba en busca del garzón con el pensamiento. Imaginó que todo era fruto de la nocturnidad y lo onírico, de un viaje astral provocado por el Diazepán y que, al poco tiempo, se le pasaría. Pero no; no fue así. En breve se presentó con un barrigón del quince totalmente ficticio, tal como había sido concebido.

Entre llantos, le confesó a su marido todo lo ocurrido. Al principio, él le dijo que se lo tenía merecido, por vieja verde. Pero enseguida le dio pena y se apiadó de ella, acompañándola al psiquiatra, que le recetó un tratamiento a base de Aero Red y bicarbonato a ver si le provocaba un aborto espontáneo. El médico le comentó que, a veces, a las mujeres nos pasaban estas cosas porque nos tragábamos las palabras, se nos producía una infección en el estómago y nos daba la cara de esta o de otras formas. Lo que se llama somatizar, de toda la vida de Dios. Le recomendó también un libro sobre asertividad y ejercicios para descargar la agresividad, que por lo visto la tenía muy acumulada.

A pesar de todos los esfuerzos, su pseudociesis no cejó y se encontró de golpe con nueve meses sin menstruación que le vinieron de perilla porque le pilló todo el verano. Tuvo un antojo de sardinas asadas, otro de uvas moscatel y otro de tarta al whisky. Se lo comió todo del tirón, por si le salía una mancha al niño fantasma que venía en camino. Además, como sabía que todo era de mentira, se bebió los mojitos que le pusieron por delante en la boda de su prima Aurora, se montó con los niños en los cacharritos de la feria de su pueblo y se zampó todo el jamón, chorizo y salchichón que le dio la gana. Vamos, que tuvo un embarazo buenísimo. Lo malo fue la hora del parto.

Las contracciones empezaron emocionalmente a removerle todo el cuerpo. Tuvo una bronca gordísima con una vecina a la que le tenía ganas desde hacía ya tiempo y, en el mismo portal, rompió aguas de forma torrencial. Se la llevaron corriendo a hospital, donde la estaba esperando el psiquiatra para ponerle la epidural en el pensamiento abstracto. Debió punzarle entre dos inquietudes, o en el hemisferio equivocado (vaya usted a saber). El caso es que el inminente parto avanzaba, sintiendo las enormes sacudidas internas, los fluidos desbordados y esa bola caliente que no sabía por qué parte del cuerpo salir. El cuello del útero no dilataba y a puntito estuvieron de meterle mano para realizarle una cesárea de urgencia.

Pero fíjate tú por donde que, en aquel mismo momento, se le iluminó la bombilla y empezó a soltar por la boca todo lo que podría haber parido por el orificio de abajo. Lo que tendría que haberle salido del mismo toto, brotó de sus labios en forma de palabras. Como buena parturienta, comenzó a desahogarse con el que le cogía la mano, que, en cuanto vio el percal, se la soltó diciendo que el hijo imaginario no era suyo y se quitó de en medio bien ligero.

No estaba pariendo improperios, sino oraciones sintácticamente perfectas que habían estado madurando en su interior durante los nueve meses anteriores. Mágicamente, comenzó a dar a luz. Continuó esputando cual lava de volcán muchísimas ideas referidas a los que estaban en la sala de espera, a sus seres más queridos, a los menos queridos, a los relacionados con el trabajo o con la vida en general.

El alumbramiento fue costoso, largo y, sin embargo, totalmente certero. Ese niño incorpóreo puso a cada uno en su sitio. Literalmente, no es que ella estuviera pariendo, sino que estaba poniendo a todo el mundo a parir al más puro estilo espartano, en el que las mujeres sacaban todos los trapos sucios que se habían guardado durante la gestación, para evitar problemas al niño. Cuenta la leyenda que las discusiones acaloradas ayudaban a que las mujeres rompieran aguas con mayor facilidad y precipitaban el parto. Al decírselo todo a la cara, se reforzaban los lazos de unión entre la población y el niño, al llegar al mundo en un ambiente hostil, forjaría su carácter desde el nacimiento.

Con todo lo que afloró ese día, ella está escribiendo un libro. Anda un poco preocupada porque no sabe si le concederán la baja por maternidad, que sería lo suyo después de todo lo que ha pasado la pobre.

Tampoco sabe si tendrá depresión posparto y dentro de unos días empezará a pensar que lo que está escribiendo (y todo lo que ha surgido de su fuero interno) es una mierda y no lo va a querer ni mirar. Ni siquiera sabe el nombre que le va a poner a la criatura, a lo ocurrido, a sus palabras…

Lo mismo telefonea al muchacho recurrente y se lo consulta. A ver cómo se lo explica:

—Mira, chato, que he tenido un hijo psicológico de la noche aquella que pasé soñando contigo. ¿Alguna preferencia respecto a su denominación? Porque si no, se llamará Heracles, con todas sus castas. Que estoy en racha.

martes, 14 de abril de 2020

Ira de mujer, ira de Lucifer




A mi prima Maculada su madre le suprimió el “In” del nombre en cuanto la conoció en el paritorio. La niña nació embistiendo, haciendo la peineta con una mano y poniendo los cuernos con la otra.

La comadrona casi se desmaya durante el parto y deja a mi tía más tirada que una colilla. No había visto nunca antes cosa igual.

Del vientre materno emanaban olores horripilantes propios de un meconio enrarecido. La puñetera niña propinaba alaridos guturales desde las profundidades del cuello del útero al estilo death growl cual vocalista satánica del peor grupo de heavy metal.

Mi prima llegó al mundo medio muerta y ronca perdida. En vez de venir con un pan debajo del brazo, traía una vuelta del cordón umbilical en el cuello y un buen par de cojones. Le faltó poco para ahorcarse justo antes de nacer y acabar en feto mal parido allí mismo.

Así que, atendiendo a lo que parecía la exhalación de los últimos estertores de la chiquilla, la ginecóloga, creyendo que la palmaba, roció su cabeza apepinada con agua bendita que guardaba en un cajoncito para los casos de bautismo de urgencia. Mientras, recitaba a todo trapo:
—Yo te bautizo en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo…
Pero, justo antes de pronunciar el “amén” del final, la niña le escupió en toda la cara un buche de líquido amniótico que mantenía en un carrillo.

La enfermera revoleó a la cría con toda su pestilencia encima de su madre y, de esta guisa, sobre el pecho materno, finalizó el espectáculo con un eructo impropio que retumbó ante el sepulcral silencio que se mascaba en la sala. Para rematar la jugada, se tiró un pedazo de cuesco y, acto seguido, se durmió.

Entre la vérnix caseosa, que viene a ser la grasa, y el lanugo que traía la criatura, el melón de cabeza que se le había quedado después de usar los fórceps y el llanto de ultratumba que se gastaba…mi tía no quiso ni que le hicieran la fotografía, cortesía del hospital con la que obsequiaban a las recién paridas.

Con las pintas y formas con las que se presentó a la vida, tendría que haberse llamado algo así como Dalila, Maléfica, Pandora, Medusa, Harpía, Empusa e incluso Lilith le habría venido de lujo. Sin embargo, mi tía no podía romper con la tradición de que la primogénita portase el nombre de la abuela paterna. La habrían acusado de traición, felonía, ingratitud, alevosía, vileza, complot, alevosía y cualquiera sabe cuántas maldades más. Así que, teniendo en cuenta las consecuencias que podría haber acarreado un cambio de decisión respecto a su onomástica, la pobre mujer lo único que pudo hacer para mantener la coherencia fue suprimirle el prefijo para que el significado del nombre estuviese más en consonancia con el temperamento de la que lo llevaba. Igualica, igualica que su difunta abuelica.

Maculada creció fuerte y descarada. No consintió en coger el pecho. Masticaba filetes aún sin tener dientes, ya que tardó más de ocho años en terminar de echarlos. Con seis meses ya anduvo sola. Estuvo dos años con el sueño cambiado y presentó cólico del lactante hasta que le bajó la regla y se le juntó con el cólico nefrítico. Nunca se desprendió del vello negro con el que nació, la arropaba por las noches y no necesitaba ni pijama para dormir. Se negó en rotundo a depilarse y continuó defecando meconio durante todos los días de su vida. Se alzó con el título de campeona de levantamiento de pesas a nivel autonómico y cuidaba de los suyos como una jabata.

Durante la adolescencia, se convirtió en vegana y en fan number one de Al Gore. Si fuera por ella, ahora mismo adoptaría a  Greta Thunmerg.

Se apuntó a los boy scouts, a los ecologistas, a los animalistas, a los naturalistas y, por ende, a los naturistas, a las terapias alternativas y a todo lo que significara luchar por los desprotegidos, por la naturaleza y el planeta. No le hacía falta megáfono en las manifestaciones. Rugía con su vozarrón y se quedaba todo el mundo más callado que en misa.

Una vez trabajó como guardia de seguridad, pero tuvo que dejarlo al poco tiempo porque le tocaba mucho los ovarios tener que poner firme a todo quisqui.

Recogía los plásticos de la Caleta, las bolsas del piojito por la Bahía, las mierdas de los perros por la calle Ancha, las colillas por la Alameda, los papeles de las hamburguesas por el Hotel Playa Victoria, los paquetes de tabaco pisados, los chicles pegados…Su vida era un sinvivir. No daba abasto con toda la porquería y la poca conciencia de la gente. La tenían literalmente hasta el mismo coño.

Poco a poco, la contaminación la iba sulfurando, indignando, encolerizando, exasperando y enfureciendo.

Para combatir la ira que la carcomía por dentro, se cortó el flequillo como si fuera de Herri Batasuna, se compró el satisfyer pro y estuvo catorce días sin salir de su casa. Pero ni por esas lograba calmar su angustia y ansiedad ante los datos climatológicos, los desastres que se avecinaban y la pasividad del personal ante la inminente catástrofe natural que estábamos provocando.

Como último recurso, se apuntó a un cursillo de autocoñocimiento basado en hechos reales.
Pertrechada con cojín y espejo, se plantó delante de la monitora mostrando sus fauces melladas, su espalda contracturada, la cicatriz en el cuello de cuando el cordón umbilical la quiso estrangular, las manos rudas de tanto recoger basura, los pelos como una loca asomada al balcón y un máximo interés por el tema de autocoñocerse.
—Aquí estoy— gritó en tono de denuncia pública como si la niña del exorcista acabara de manifestarse. Era el vivo retrato de la Uchi entrando en el Manteca, por mi madre de mi alma.
—Bienvenida, hermana. Tocarse el coño empodera— exasperó la monitora con voz de fumar Ducados.
Y en ese mismo instante, Maculada sintió que estaba donde tenía que estar.

Cada asistente se analizó el moco cervical, ese gran desconocido; conversó con su vulva, tan lejos y sin embargo tan cerca de cada una de nosotras, y se reconectó con su útero, tan negado y olvidado por el hostil patriarcado.

Todas las participantes se fueron viniendo arriba con una potencia que ni Endesa con sobrecalentamiento podría igualar.
—El puntito que le da cada una a lo suyo, no te lo da nadie— se escuchó a viva voz desde la retaguardia.

Allí se congregaron un montón de alborotadoras. Las Cadiwoman desde el módulo uno a la cabeza cantando el clitorito (‘Háztelo tu misma’) junto a Ana Magallanes vestida de ‘‘El rey de la fiesta’. Las flamencas de la Merced dando zapatazos, las Niñas de Cádiz montando un pollo mayúsculo y libérrimo como sólo ellas saben hacerlo; hijas secretas de Valle-Inclán, puro esperpento callejero. Las mujeres de acero, las de mantilla, la Petróleo y la Salvaora hacían la ola. Una costurera, cuatro estudiantes, una sindicalista y dos conductoras de autobús bailaban la conga. Allí estaba La Libertaria, la Leo Power, Teófila, cinco maestras, dos cocineras, una monja carmelita, la Lola Flores y hasta Rita la Cantaora.

Las mujeres no hacían más que entrar al cursillo. El griterío se convirtió en bulla y la algarabía en clamor. El bramido de mi prima Maculada produjo la traca final que provocó que todas salieran corriendo. El suelo se desplomó bajo sus pies como ocurrió con las rebajas de tresillos en muebles Peralta. La avalancha no se hizo esperar. De la risa al llanto en un simple crujido de la tierra.

Una polvareda indicaba el escenario dantesco donde cuerpos amontonados y sangrientos se mezclaban con cascotes y escombros, espejitos y cojines, bragas y calcetines.
Maculada cogió en peso las magulladuras, la autoestima herida, el dolor del parto, los hematomas de los golpes de la vida y el hastío de su existir junto al satisfyer abollado, la colchonetita del yoga, los cascotes ensangrentados, las amigas majaras y todo el cachondeo que un minuto antes reinaba en el recinto.

Como Hércules o el titán Atlas, ella podía con eso y mucho más. Todas las que se recuperaban de esa especie de hecatombe zombi, estaban ya acostumbradas a cargar con mucho peso sobre sus espaldas. Nada nuevo bajo el sol.

Así que, sin saber por qué, de buenas a primeras, como almas que se lleva el diablo, les dio a todas por salir corriendo en pelotón, dirigiéndose Columela abajo en dirección al muelle. Abanderando incongruentes gritos de protesta, se fueron uniendo, entre alaridos y empujones, todos los transeúntes que por allí pasaban, embrujados por el poder de la masa sublevada. Se unió Luisita tirando claveles, Amalia regalando fajas, las cajeras de los supermercados, los chinos del bazar, la churrería de la guapa, los amigos de Fernando Quiñones, los Vivos y toda la Isleta,  los cargadores del Perdón, el bicicleta y la gente del Cambalache, cuatro bandas de música, los que bailan en las bóvedas de Santa Elena, la gente del jazz y los rocieros con carretas, bueyes y estandartes. Salieron por la calle Feduchy, San Antonio, plaza Mina, El Pópulo y Santa María, Candelaria y la Viña, El Campo del Sur.... No veas la vuelta tan rara que estaban dando. Aquello tenía menos sentido que el itinerario del entierro de la caballa. Una anarquía de manifestación. 

Corría ya el ocho de marzo y la locura desbocada tomó las calles como la lava de un volcán en erupción. Así empezó todo: desgañitándose.
Maculada gritaba enardecida:
─¡Queremos autocoñocernos!
Muchas jaleaban:
─¡No nos mires, únete!

Víctimas de un extraño hechizo, cada vez se acoplaba más gente. La multitud se convirtió en tropel y avanzaba con paso firme.
Gritaban, escupían, tosían, vociferaban, tocaban con las manos descubiertas, se besaban, se cortaban las venas, vaciaban su copa menstrual, lo regaban todo con el sudor de su frente…
Sobresalían chillidos que se atropellaban al ritmo de un tambor:
─¡Nosotras parimos, nosotras decidimos!
El enfado, unido al dolor transmitido generación tras generación, iba en crescendo:
─¡Somos el grito de las que ya no están!
─¡Mi vagina aguanta cualquier golpe!
De esta guisa, se montaron en un trasatlántico porque había una muchacha, hija de la gran China,  a la que se le había metido entre ceja y ceja que su madre oriental viviera esto.
Allí se manifestaron en la gran murallita y, después de unos cuantos chupitos de licor de lagarto, tiraron para Italia.

Los participantes se contaban por millones. Seguían berreando, abucheando, pitando y refrotándose con paredes, ventanas, farolas, adoquines, personas, perros, gatos, pangolines y murciélagos.

Todo iba viento en popa.  Repartían collejas para que la gente recogiera los papeles y los depositara en las papeleras, para que metieran las colillitas en un cenicerito de bolsillo, para que usaran envases reutilizables, para que las empresas se dejasen de cachondeo con los vertidos, los gases, las mierdas… y para que se respetara a todo el mundo. Pedazo de ocho de marzo que se estaban pegando.

Si alguien preguntaba el porqué de la manifestación, las respuestas brotaban de boca en boca:
─¡Porque estoy hasta el coño!
─¡Porque a la mujer y a la cabra, cuerda larga!
─¡Porque la mujer y la sartén, en la cocina están bien!
─¡Porque mujer tenías que ser!
─¡Porque a mujer temeraria, o dejarla o matarla!
─¡Porque a la mujer y a la burra, cada día una zurra!
─¡Porque el tabaco, el vino y la mujer echan al hombre a perder!
─¡Porque yo vengo desde Loja!
─¡Donde la que no es puta, es coja!

Y andandito, andandito, llegaron hasta Madrid. Pasaron la tarde estupendamente, soltando esputos y babas al aire como un perro rabioso, estornudando sin ponerse la manita por delante, compartiendo todos los suvenires que traían de Wuhan y de Milán. Se estaban desahogando pero bien. Finalmente, terminaron en la Caleta al influjo de la luna y ya, cuando les pareció, se fueron a gatas para su casa. Los últimos, cómo siempre, los hermanos Serrano. No hay arreglo.

Cayeron en la cama reventadas y hasta algunas, que llevaban meses sin pegar ojo a causa de la menopausia, durmieron esa noche de un tirón. Plenamente satisfechas.

A los pocos días, las noticias comenzaron a contar que esa manifestación tenía la culpa de todo. Vaya tela con las hijas de Lilith, Eva para las amigas. No veas qué ruinazo nos habían traído. La responsabilidad no era del fútbol, la misa,  los conciertos,  los viajes de negocios en avión, el hambre, la falta de higiene, ni siquiera de la miseria de un laboratorio de tres al cuarto con una rendijita muy chica muy chica.

El 8M de los cojones era el que la había liado. Me cago en mis castas. Otra cosita más para las espaldas. No pasa nada. Podemos con eso y con más, ya lo sabemos. Hay que pensar que, con lo bien que lo pasamos...anda y que nos quiten lo bailao. Siempre en positivo, como esas agendas que están ahora de moda.

Maculada no consiguió ni hablar cuando se enteró. Se había roto las cuerdas vocales. Se había dejado la garganta y el corazón protestando y aullando por las calles. ¿Para qué?

Ahora no se escuchan bombardeos ni gritos. No hay tiroteos ni se ven llamas o soldados. Es realmente difícil creer que así, confinados, estemos luchando contra algo. 

Maculada sigue cada día acudiendo a su puesto de trabajo. Limpia la planta de infecciosos del hospital. Ha estado haciéndolo toda la vida sin guantes ni mascarilla. Como una patena lo tiene todo. Nunca se ha contagiado de nada. Ella sabe bien lo que se trae entre manos y mata los gérmenes a escupitajo limpio. Los ve hervirse ante sus ojos, derritiéndose en su saliva. Por eso escupía tanto durante la manifestación, a ver si así acababa con toda la inmundicia que tenemos en lo alto.

Ahora, andan buscando una vacuna. Sin embargo…
Qué extraño que la naturaleza provea remedios contra las serpientes fatales, pero contra una mala mujer, mucho más mortífera que las serpientes, mucho más cruel que el fuego, nadie ha encontrado un antídoto (Andrómaca, Eurípides)

Lo mismo el anticuerpo también se lo ha traído mi prima Maculada de recuerdo o cualquiera de sus amigas. Ella es una superviviente desde que nació. Pero pasan los días… y no la mira nadie.

Cuando se harte de verdad…no me lo quiero ni imaginar. Nos vamos a cagar pero de verdad.  

sábado, 8 de febrero de 2020

Las niñas pregoneras





Algunos dicen que no les ha gustado el pregón. No han entendido que no se recitara la esperada retahíla de piropos a nuestra ciudad, que no se describiera la belleza del atardecer en La Caleta o que nadie se quebrara la garganta al grito de en Cádiz hay que morir.

Otros han dicho que eso no era un pregón y lo mismo hasta tienen razón.

Las Niñas han montado un espectáculo de generosidad y memoria, de amor, amistad y agradecimiento.

Durante estos meses, se han deslomado para ofrecer a su ciudad lo mejor, repartiendo el protagonismo entre los presentes y rindiendo homenaje a sus antecesores por todo lo que trabajaron para que gente como ellas hayan podido subir hoy al tablao de San Antonio.

Habría sido fácil montarse en escenario y soltar bastinazos con el tipo de pornochacha o de cajera de Simago. Sin embargo, Ana López, Alejandra, Rocío y Tere se han dejado el pellejo, poniendo el trabajo por delante de la familia y hasta de la salud.

En el pregón no se ha hablado de todo lo bonito que tiene Cádiz. Es verdad. En el pregón se ha mostrado sin tapujos lo que se siente cuando uno tiene que coger las maletas para buscarse las papas donde sea. Lo que supone ver Cádiz desde la distancia, acostumbrarse a respirar el aire seco, conformarse con las vacaciones o tener que pedir días sin sueldo para poder volver a la que fue tu casa.

Tampoco se ha hablado de carnaval, de letristas y comparsistas o chirigoteros insignes. Sin embargo, en ese tablao se escucharon las voces de mucha gente, aunque algunos no lo vieran. Allí en lo alto estaban las Muñecas de Marín y Los hijos secretos de Lola Flores. Estaban también las voces de las primeras mujeres que tuvieron bronca en su casa por salir en carnaval, abanderadas por Adela del Moral. También se escucharon las voces del coro mixto y de todas las que hemos sido esclavas de Cleopatra, malitas de los nervios, maniquiles del Palacio de la Moda o cuidadoras gaditanas.

Debo confesar que, en algún momento de la actuación, tuve miedo de que aquello se viniera abajo como lo hizo en su día el suelo de Muebles Peralta en la rebaja de tresillos. Allí hubo un montón de gente. Allí estaba La Canalla, todo el flamenco de La Merced y el barrio Santa María, la familia Ruibal-Inchaurrondo, el Valcárcel y el Columela, Caramba Teatro, la Manuela, que dio a luz lo más bonito de la estación, el Kichi, la Viña y el Corralón.

También estuvieron allí nuestros maestros: la Lola Flores y la Jurado, el Agu, que encendió la llama del teatro, los de Filosofía y Letras, Antonio el de latín y hasta Hassan el del Cambalache. Por estar, estaba hasta mi madre con su acerico, su aguja y su dedal…

Allí se sentía a gente que hace tiempo que no vemos, a gente que ya no está, pero que se viene con nosotros cada vez que hay un cachondeo, como Mariana Cornejo, la Uchi y unos cuantos personajes más.

Este pregón ha sido toda una lucha. Ha sido también una colleja bien dada y un ponernos firmes a todos como solo la Garduña sabe hacerlo. Ha sido el tatuaje sinvergüenza que debe llevar en la frente la mujer que sale en carnaval ante la pregunta de quién os escribe las letras: “las letras las escribe mi coño moreno”.

Este pregón a lo mejor no ha sido un pregón. Esto ha sido un gran revulsivo para algunos y una alegría muy grande para muchos otros. Ha sido una muestra más de lo que cuesta que te tengan en cuenta siendo una puella gaditana, que simplemente te cambien el reggaetón de la carroza y te pongan el pendrive con música de Cádiz, flamenca y carnavalera…

En fin…durante la cabalgata nos vinimos arriba unas cuantas y por poco nos caemos de la carroza bailando por María Jiménez. Nos hicieron fotos y nos grabaron. Uno de los que andaba móvil en mano, me enfocó y me empezó a gritar algo que yo no entendía. Al rato me enteré de que quería que me levantara el vestido para grabarme.
La carroza continuó su marcha mientras sonaba el Se acabó.

Pero... que sepan ustedes que esto no se ha acabado ni por asomo. Hacen falta muchos pregones como este para que las niñas, las suyas y las mías, nuestras hijas, sobrinas, novias y nietas, puedan salir a la calle a cantar sin que nadie se les eche encima o las quieran grabar levantándose el vestido para luego colgarlo en internet.




viernes, 1 de noviembre de 2019

Hasta que la muerte nos separe





Durante los almuerzos familiares, se está convirtiendo en costumbre tratar temas peliagudos para evitar el aburrimiento y animar un poco el cotarro.

Agotadas ya cuestiones como la política, la religión y los métodos anticonceptivos de cada cual, a mi marido se le ocurrió la genial idea de iniciar una conversación sobre los pros y los contras del enterramiento frente a la incineración.

El abuelo, mientras trinchaba el pollo, manifestó rápidamente su deseo de que, llegado el momento, lo introdujéramos en el crematorio y arrojásemos sus cenicientos restos al mar. Explicó que lo suyo sería encender una gran candela para que los elementos terrenales pudieran liberar su alma y que esta volara hacia el cielo a través del chispeante chorro de fuego. Posteriormente, su morralla nadaría entre mojarras, caballas y camarones para toda la eternidad. Se le iluminaba el rostro al imaginarse su particular paraíso marinero.

Sin embargo, poco le duró al pobre la cara de felicidad.
La abuela, al escuchar sus pretensiones, montó en cólera más rápido que prende la pólvora.
-¡No dices más que paparruchas!- Retumbó en toda la sala.

La matriarca mostró un radical rechazo ante los deseos del abuelo. Ella había estado pagando la cuota del panteón familiar en la hermandad del pueblo durante años y eso no se iba a desperdiciar ahora por un romántico deseo de libertad a estas alturas de la vida.
El nicho estaba ya comprado: medidas de matrimonio para que los dos cupieran sin problemas de espacio, ataúdes gemelares, lápidas de mármol de Macael y letras góticas esculpidas a mano, bañadas en oro de veinticuatro quilates.

Lo tenía todo planeado, no había nada que pensar. Desde el año ochenta y ocho que llevaba abonando el recibo de la cofradía religiosamente para poder descansar en paz, junto a su marido en primer lugar, pero también junto a sus parientes difuntos tan recordados en estas fechas: la tía Pepa, la yaya Dolores, el bisabuelo Miguel y, hablando en plata, todos sus muertos.

El abuelo, ante tal plan, se atragantó con el pollo y hubo que realizarle la maniobra de Heimlich.

Mi cuñado, víctima del sobresalto, comenzó a comprimirle el abdomen al abuelo al ritmo del baile de la Macarena para desobstruir el conducto respiratorio. Tras cuatro empujones, el trozo salió despedido y fue a estamparse contra la frente de mi cuñada, que había estado contemplando la escena más callada que en misa.
Con el topetazo, pareció espabilarse y alzó su copa en señal de brindis.
-¡Por una familia unida!

Se empinó la copa de manera que, en un segundo, había vertido mágicamente el vino en su gaznate y se disponía a servir la siguiente ronda.
-Es que hoy no me he tomado las pastillas y puedo beber.- Aseguró sin ningún disimulo.

El abuelo, siguiendo el ejemplo de la que hoy no se había medicado, desatascaba su laringe con licor de orujo, más que nada por si el atragantamiento había causado alguna herida que hubiera que desinfectar.
-Pues si ese es el proyecto que hay para cuando yo me muera, me separo y punto. Que para lo que me queda en el convento, me cago dentro.

Mi hermano, que es maestro y coordina un proyecto de ecoescuelas en su colegio, en un intento de mediación familiar, se apresuró a afirmar:
-Hombre, no te pongas así que hay más opciones. Mira, el entierro ecológico está en boga. Es una opción muy moderna. Podemos encontrar desde las urnas bio, que llevan dentro una semillita de pino, hasta las vainas orgánicas, en las que se introduce el cuerpo del difunto en forma fetal para que, al cabo de los años y con los cuidados oportunos, se acabe convirtiendo en árbol. Podríamos realizar, antes de la inhumación, la deshidratación de tu cadáver y el de mamá en una máquina especializada para que descanséis los dos bajo un árbol en el jardín que hay junto al panteón de la cofradía. Sería una solución intermedia: naturaleza y hermandad, algo actual y tradicional a la vez.

El abuelo, que con la excusa de la asepsia de la garganta iba ya por el cuarto chupito de licor de hierbas, increpó a su vástago como poseído por el diablo:
-¿Que me vais a deshidratar el cadáver? ¡Ni muerto! Antes me voy a vivir con los jíbaros, les pido que me adopten y que me enseñen a reducir cabezas sólo por darme el gusto de volver a casa, reducirle la cocorota a tu madre y a todos vosotros, que muy difícil no tiene que ser. ¡Sinvergüenzas!

Mi marido, que es nombrar la palabra cabeza y sentirse aludido, se esmeró en arreglar el asunto mientras que la abuela fingía un desmayo junto a su nuera que, igual que el abuelo, estaba ya perdiendo la cuenta respecto a la botella que deambulaba de mano en mano.

-Suegro, por Dios, si es afán de libertad, lo que le vendría a usted mejor sería lo de la Torre del Silencio. Lo contaron el domingo pasado en Cuarto Milenio. Sí, sí, lo que yo le diga: una estructura circular, levantada y construida para facilitar la descarnación, es decir, para que los cadáveres sean expuestos a las aves de carroña que se los comen. Es algo muy respetuoso con los cuatro elementos de la naturaleza, muy innovador y muy libre.

-¡Y una mierda le voy a dar yo de comer mi cuerpo a los buitres! Si fuera a los atunes o incluso a los congrios, con lo feos que son… tendría un pase, pero a esos carroñeros, ni hablar. Prefiero que me devoréis vosotros, caníbales, parásitos. Toda la vida trabajando para esto. ¡Escoria!

Yo observaba la escena bastante atónita desde mi butacón, pensando en lo que se estaba perdiendo Buñuel y los que se encargaron de realizar el casting para El ángel exterminador.
Mientras tanto, la abuela había metido la mano en el bolso de mi cuñada buscando un ibuprofeno para el dolor de cabeza. Con el jaleo, había echado el guante a dos comprimidos de Diazepan que andaban sueltos y se los había suministrado acompañados por un par de chupitos de coñac del bueno.

El efecto no se hizo esperar:
-Yo tenía preparado un regalito para vosotros. Lo había escondido con el fin de dar la sorpresa durante la noche de Reyes, pero ya que os ponéis así, os lo voy a entregar ahora mismo, porque me va a dar algo con el tema de conversación que habéis sacado.

La abuela entró en la habitación de matrimonio postrándose inmediatamente en el suelo, a los pies de la cama, adoptando la postura decúbito prono. Con esta posición corporal, tan evidente signo de humildad, penitencia y súplica ante Dios, todos pensamos que habría apurado la botella que rulaba por la mesa y que estaría dedicándole una letanía ininteligible al Cristo titular de la hermandad de nuestro pueblo.

Había quedado literalmente rostro en tierra, cayendo al piso sobre las rodillas e inclinándose hacia adelante para apoyarse sobre las manos, o más bien sobre los antebrazos, tocando el suelo con la cabeza.

Encontrándose la abuela en tan lamentable estado, apesadumbrada por nuestros pecados e improperios, estiró el tronco y los brazos hacia adelante, deslizándose por el suelo como si se encontrase en una clase de yoga, emulando la postura del caracol, introduciendo la cabeza entera y parte del cuerpo bajo la cama de matrimonio.

Todos la contemplábamos desde nuestro particular asombro, pero como ella era tan devota, la verdad es que tampoco nos extrañó demasiado la religiosa situación.
Sin embargo, tras unos minutos murmurando retahílas entremezcladas con insultos y herejías inconexas, se incorporó súbitamente con algo blanco y pesado que acababa de extraer de debajo de la cama entre sus manos.

Parecía un lienzo sin pintar, pero cuando logramos enfocar la visión…
-Aquí tenéis. El mejor regalo que una madre puede hacerle a su marido y a sus hijos. Puro mármol con vuestros nombres incrustados en oro y la imagen de nuestro Cristo para que os acompañe siempre. La fecha de nacimiento ya la tenéis puesta. La otra…ya se verá. Una lápida preciosa, de categoría superior. Bajo nuestra cama de matrimonio, tengo guardada una para cada uno de los que aquí estamos. Y el nicho, reservado nominalmente en el panteón del pueblo. Todos juntos. Para que lo vayamos usando cuando haga falta. Un riñón y parte del otro que me ha costado el regalo.

Y, dirigiéndose al abuelo, continuó:
-Sólo te pido que no le entregues todos tus restos al mar. Déjame aunque sea una bolsita, para que me la pueda llevar conmigo al panteón de la familia. No te pido más: un cucurucho pequeño con tus cenizas. Es por no desperdiciar la sepultura junto a la mía, que ya está pagada. No me vayan a colocar a un desconocido al lado y tenga que pasar mi eternidad vete tú a saber con quién.

La narcótica pareja no pudo más que fundirse en un octogenario abrazo ante nuestros rostros desencajados.  

La cuñada volvió a alzar su copa por enésima vez:
-¡Un brindis por la familia unida y hasta que la muerte nos separe!

Yo no le quitaba ojo de encima a mi marido, pensando en la que se había liado por su dichosa intervención.
-Y…a todo esto, ¿tú que vas a querer: que te entierre o te incinere? Te lo digo por ir empezando ya con la faena.

Él me respondió con sorna:
-Yo quiero que me disequen. Tengo aquí la tarjeta de un taxidermista que me han dicho que es la caña. Vamos arriba, que te lo cuento todo.

-Sí, claro.- Contesté yo en tono cortante.- El convidado de piedra vas a ser tú. O, mejor la momia de Tutankamón. Pues que sepas que yo quiero unos funerales como los de la Mama Grande, un féretro con vueltas de púrpura, escapularios con mi fotografía, botellas y colillas, feria y fritanga…tampoco es mucho pedir. Y, a ser posible, que suene Paquito el chocolatero.

-Tan largo me lo fiais… Anda y ve subiendo las escaleras, que te voy a comentar brevemente lo que es el Carpe Diem.

-Yo sí que te voy a dar a ti una lección de Amor Ferus, por listo.

domingo, 18 de agosto de 2019

El Relicario




Durante estos días de vacaciones, me he aficionado a ver el programa de Iker Jiménez y a leer las historias del Cádiz oculto en sus volúmenes I, II y III. Vayamos por partes.

El espacio televisivo me ha enganchado porque trata sobre cualquier tema relacionado con el mundo del misterio y lo desconocido, entre los que destacan conspiraciones, ocultismo, criminología, astronomía, ufología, parasicología, física y naturaleza. Lo mismo se centran en testimonios de personas que han sido abducidas y arrojadas de vuelta a la playa de Cortadura en la noche de las barbacoas del Carranza, que te propone un salto en la historia a través del estudio de las cuevas rupestres.

Con una sensación mezclada entre escepticismo, intriga, un poco de miedo y escalofrío, he visto en Cuarto milenio casos como el de las caras de Bélmez, los misterios de las pirámides de Egipto, la cara oculta de Jesús de Nazaret, los mayores accidentes nucleares de la historia, las profecías de Nostradamus, el código Da Vinci, el exorcismo de cinco muchachas, tres niños que habían resucitado o que volvían a la vida tras permanecer en coma durante años, un gato que sólo se acurrucaba entre las piernas del que iba a fallecer, apariciones de monjas difuntas en ascensores de hospitales, sicofonías en manicomios abandonados, la mujer de la curva y un castillo donde vivían extraterrestres desde hacía dos décadas.

He de confesar que he tenido que terminar de ver alguno de estos programas presionando fuerte el muslo o la mano de mi consorte.

Algunas experiencias terroríficas narradas por personas normales, como tú y como yo, acompañadas por fotografías o grabaciones de audio son capaces de producir en el sugestionable telespectador la más aterradora de las emociones. Sin embargo, todavía a día de hoy no soy capaz de describir de forma coherente el efecto que produjo en mí la visualización del último capítulo, dedicado a las reliquias cristianas que andaban rodando y venerándose por el mundo.

Carmen Porter comenzó muy dispuesta ofreciendo una minuciosa información respecto a la sábana santa y el velo de la Verónica. Todo parece estar científicamente comprobado: la posición del cuerpo, la situación de los clavos, el tipo de tejido, la descarga energética que tuvo que producirse para que la tela se impresionase con la silueta del difunto...

Posteriormente, su compañero dio paso a las espinas de la corona, los clavos de los pies, las astillas de la cruz, la lanza que le atravesó el costado y hasta la esponja del vinagre. Parece ser que justo tras la crucifixión, cada uno optó por llevarse un recuerdo del momento, como el que fotografía el instante o se compra un souvenir para enseñárselo a los amigotes al llegar a casa. De modo que uno pilló cinco gotas de la sangre de Cristo que se veneran en una iglesia de Florencia; otro cogió un hilo de la tela con la que cubría sus partes y se encuentra en una vitrina de la catedral de Francia; otra pudo atrapar un pelo de Cristo, lo metió en una botellita y hace los milagros de los devotos de Castellón; otra mujer, que estuvo también en el barullo, empapó tres gotas de sudor del ajusticiado con un pañuelo que ha sido besado por todos los feligreses que fueron bautizados en la parroquia de un barrio perdido de Milán. Las localizaciones os las estoy contando un poco a voleo. Tendría que haber tomado apuntes.

El tema es que cada cual defiende la veracidad de sus restos y sus milagros como buenamente puede. Nadie se baja del burro, así que en total tenemos por el mundo sesenta y dos verdaderos dientes de leche del niño Jesús, astillas y palitos de la santa cruz como para fabricar cuatro arcas de Noé, seis manteles que se utilizaron en la santa cena, catorce cálices, mil cuchillos con los que se partió el último pan, la raspa de cuatro pijotas de cuando el milagro de los panes y los peces, incluso las uñas de los pies de cuando la Magdalena se los lavó.

La cosa se iba poniendo cada vez más interesante, así que me aproximé un poco más a la pantalla y subí el volumen para ver sobre qué otras reliquias podían hablar, porque ya no se me ocurría ninguna otra más.

Por lo visto, la palabra reliquia proviene de la palabra latina reliquus, que significa quedarse atrás. Es una parte del cuerpo de una persona, o todo él, venerado por algún motivo; o bien algún objeto que, por haber sido tocado por esa persona o por otros motivos, es digno de veneración.

Yo creo que, atendiendo a esta definición, todos en algún momento hemos atesorado alguna reliquia: una foto, un anillo o un objeto de alguien a quien queremos (o hemos querido) para intentar mantener el vínculo con esa persona a través del objeto. Es lo que se dice el valor sentimental de las cosas.

Hasta ahí, estamos de acuerdo. Pero una cosa es guardar en una cajita un mechón de cabello de tu hijo recién nacido para recordar los rizos con los que nació y otra muy diferente es guardar en un frasco la primera leche que brotó de tus pechos cuando te subieron a planta después de paritorio, el rescoldo de tu primera polución, el primer cagajón de tu retoño, el cordón umbilical o lo que sobró del prepucio cuando le practicaron la circuncisión.

La verdad es que hay gente para todo.

Mi amiga Carmela, sin ir más lejos, mantuvo durante diez años una relación muy especial con su gato. Ella es soltera y Bicho era su única compañía. Cuidaba al felino como si fuese su bebé: lo peinaba, lo acunaba, dormía con él como una niña abrazada a su peluche. Pero un fatídico día, Bicho se perdió. Cuando lo localizaron, en un veterinario de la localidad, no había nada que hacer. Bicho falleció al poco tiempo en los brazos de Carmela. Mi compañera pasó un duelo de aquí te espero. No sé si lo habría sentido tanto si se le hubiera muerto su madre. No tenía consuelo la pobrecita.

En fin, que era incapaz de separarse del cuerpo del felino que había sido su compañero durante una década. Habló durante un rato de la imposibilidad de enterrarlo ni de incinerarlo. No podía desprenderse de él. Quería quedarse con algún vestigio de su cuerpo, algo que la acompañase y que pudiera sostener entre sus manos en los momentos de dolor.

Tras darle muchas vueltas, pensó que le importaba todo un pepino. Que ella lo que quería era quedarse con el gato entero. Así que, ni corta ni perezosa, se puso en contacto con un taxidermista de El Arahal que se plantó allí en un periquete y se llevó al gato, más tieso que una mojama, en una neverita. Se lo devolvió a las dos semanas disecado, con los ojitos cerrados y enroscadito sobre un cojín de terciopelo.

Mi amiga se abrazó al monigote como si se tratase del amor de su vida. Lo acurrucó, lo besó y lo colocó en los pies de su cama. Ahí permanece desde entonces. Ella le habla y lo acaricia como si estuviese vivo. Yo, cada  vez que entro en su habitación, es que no puedo ni mirarlo de la grima que me da. 

Carmela está encantada. Me dice que en vez de tener un muñeco reborn, ella tiene a su gato, que es mucho más normal que fliparlo con un pedazo de silicona vestido de bebé. Yo qué sé. La cuestión es que así duerme cada noche, con Bicho sobre el edredón, con un ojito cerrado y el otro medio abierto. A veces, se desplaza con el trasiego del sueño y amanece en la mesita de noche, sobre la cabeza de Carmela, bajo la cama o entre las sábanas. Algo de lo más corriente.

Otro que dormía de una forma parecida a la de mi amiga era el generalísimo Franco. Se cuenta que se agenció la mano incorrupta de Santa Teresa, a la que se atribuían poderes milagrosos y demás bondades. Al principio, Francisco respetaba y honraba la reliquia con una verdadera devoción. La conservaba dentro de una urna de cristal y cada noche se arrodillaba ante ella para rendirle culto y pedirle su protección.

Con el paso de los años, fue cogiendo confianza con la mano. La paseaba por su casa fuera de la urna y la mostraba a los visitantes. Posteriormente, se refiere que Doña Carmen colgaba en ella sus collares y ensartaba sus anillos, como hacen muchas mujeres con las manos de porcelana que venden en el chino.
Hasta que, al final, terminó jugando con ella a Hola, Don Pepito, hola Don José. Le servía para rascarse las espaldas, de compañía en las noches de desvelos y hasta para acariciarse la calva en los momentos de reflexión. Cuentan las malas lenguas que la llamaba cariñosamente La Teresita. Se rumorea que nuestro caudillo abandonó este mundo con su mano derecha entrelazada con la mano de la santa, recordando todos los buenos momentos que habían vivido juntos.

A lo que iba. El programa continuaba.
Tras citar varias reliquias más relacionadas con fluidos corporales de santos y beatas, miembros embalsamados, cabezas incorruptas y demás lindezas, apareció la cola del burro en la que se montó Jesús (vulgo Borriquita), cinco gotas de la leche con la que María amamantó al niño y una pluma que se le habría caído al arcángel San Gabriel mientras batallaba con el diablo.

Al terminar con la retahíla, aparecieron imágenes de gente rezando ante botellas vacías. Yo, al principio no comprendí bien la escena y se me vino a la cabeza el chiste del lepero que siempre tenía una botella vacía en el frigorífico por si llegaba alguien de visita y no quería nada.

Por lo visto, la primera botella contenía un suspiro de San José y la otra, un estornudo del espíritu santo. La leyenda cuenta que dos ángeles recogieron tanto el suspiro como el estornudo y los custodiaron hasta que unos monjes las encontraron en Nazaret. Yo pensé que mi cabeza ya había llegado al grado máximo de asombro.

Iker y Carmen resultaban de lo más convincentes. El programa estaba culminando. Ambos se sentaron y nos recomendaron a los televidentes que nos acomodáramos igualmente para empaparnos bien de la historia que venía a continuación.

Yo llamé a mi marido, que estaba dándole los últimos toques a la cena, para que dejara lo que estaba haciendo y viniera a darme la mano. Nos colocamos los dos en el sofá, él en plan burlón y yo consumida por la histeria y el pavor. En la pantalla apareció José Manuel Serrano Cueto dispuesto a deleitarnos con la historia más oculta de Cádiz jamás contada, totalmente en primicia para nosotros.

-       - Y ya para terminar, presten mucha atención, porque vamos a presentar la reliquia más emblemática de nuestra religión: El santo prepucio. Encontrado nada más y nada menos que en la ciudad de Cádiz, en el barrio de la Viña, y cuya réplica exacta puede contemplarse en una vitrina de la Casa del terror y lo fantástico de la calle Beato Diego.


La explicación de este descomunal misterio es la siguiente:
A los ocho días, atendiendo al rito judío, el niño Jesús habría sido circuncidado. La matrona que asistió el evento guardó el pellejito en una jarra de alabastro llena de nardos para que se conservase. Se plantea el misterio teológico de que si Jesús ascendió al cielo con su cuerpo completo o si se dejó el prepucio atrás. Algunos piensan que el prepucio volvió a su cuerpo el día de la resurrección y que subió todo junto. Otros abanderan la idea de que primero subió el cuerpo y, a los dos o tres días, voló el prepucio solo, pero que se desvió un poco de la trayectoria y se convirtió en el anillo de Saturno. No veas.

Sea como fuere, tenemos restos del prepucio en la Basílica de San Juan de Letrán, en la catedral de Le Puy, en Santiago de Compostela, en Amberes y en un total de catorce vitrinas que han sido autentificadas como portadoras de la santa reliquia. Sin embargo, según el investigador, el resto que más veracidad nos ofrece atendiendo a las fuentes históricas es el aparecido en Cádiz y, debido a esta cuestión, se entiende perfectamente que a los oriundos del lugar se les conozca popularmente con el gentilicio de picha o pichita. Nos ahorramos comentarios innecesarios acerca del tamaño del miembro que debió tener el chiquillo para que diera de sí catorce relicarios. Como reza en el cartelito de la vitrina que presenta la réplica expuesta: Un bastinazo.

Aparte de su importancia física como reliquia, en ocasiones se ha asegurado que el Santo Prepucio ha aparecido en una famosa visión mística de Santa Catalina de Siena. En su visión, Jesús se casaba místicamente con ella, y le ponía su prepucio amputado como anillo de bodas.

Por otro lado, la Beata Sor Inés Blannbekin, un día, al comulgar, comenzó a rezar y a pensar en dónde estaría el prepucio. De repente sintió un pellejito, como una cáscara de huevo, de una dulzura completamente superlativa y se lo tragó. Apenas lo había tragado, de nuevo sintió en su lengua el dulce pellejo y, una vez más, se lo zampó. Esto lo pudo hacer unas cien veces, no se especifica si en el mismo día o en diferentes ocasiones. Fue tan grande el dulzor cuando la beata ingirió el pellejo, que sintió una dulce transformación en todos sus miembros, especialmente en sus partes bajas, que se recubrieron inmediatamente de una salsa parecida a la que se prepara para el solomillo al whisky. 

Y con esto, terminó Cuarto milenio. Mi santo me puso por delante una tortilla francesa y unas finas lonchas de caña de lomo. Yo miré el plato y lo miré a él. Él soltó una carcajada. Me retiró el plato y se fue para la cocina cantando:

-       - Me voy a hacer un rosario, con tus dientes de marfil, para que pueda besarlo, cuando esté lejos de ti.