domingo, 30 de junio de 2019

Código de pañuelos



Hace poco acompañé a una amiga que estaba pasando una mala racha a un local como el que era el Veinte en sus buenos tiempos. Todo un clásico, liberal y moderno hasta decir basta.

Ella andaba algo despechada porque su compañera la había dejado. Lo que le apetecía era despejarse un poco, estar en su ambiente, pero no sola. Así que como yo perdí en el parto la poca vergüenza que me quedaba, me ofrecí a ser su acompañante por una noche. De este modo, si nos la encontrábamos, ella podría darle celos con “la nueva”.

Un pañuelo al cuello puede denotar faranduleo, como en el caso de Pablo Alborán o Jesús Quintero. También puede ocultar el chupetón que te hicieron la otra noche o simplemente intentar arreglar una laringitis mal curada.

Lo que yo no sabía era que en algunos locales como en el que estábamos existía igualmente un código que utiliza los pañuelos como signos de comunicación. Por lo visto, dependiendo del color que tenga el pañuelo y del lugar en el bolsillo o en el cuerpo, indica por ejemplo si vas dispuesto a una masturbación, a una sesión de sadomasoquismo, si eres vagón o vagoneta o si te pone la coprofilia.

Es algo como el lenguaje decimonónico de los abanicos, pero con algunos matices. Su principal función es comunicar a los demás tus preferencias eróticas sin tener que hacerlo verbalmente.

La cuestión es que yo esa noche llevaba un pañuelo al cuello por cuestiones personales que no vienen al caso, pero mi amiga no me había comentado nada de todo lo que esto podía acarrear. La noche prometía, pero de verdad.

Al rato de pulular por allí, después de algún cubata que otro y rozamientos casuales por doquier, medio que me acorrala en la barra una muchacha y comienza a susurrarme algo que no entendía pronunciado en una lengua ebria. Después de mesarme los cabellos y ponerse a jugar con el pico de mi pañuelo, yo traduzco que lo que quería era interesarse por mi cuello o el pañuelo o no sé muy bien qué, pero tenía que ver con la zona.

Total, que, al crecer el interés de la chica tras varias evasivas mías, cedo en contarle por qué llevo puesto un pañuelo esa noche alrededor del cuello.

Durante este año me han brotado varias verrugas en el cuello. Verrugas pequeñas, sin importancia, pero que me estaban dando la lata porque se me estaban poniendo de punta y parecían incipientes caracolillos a punto de echar a andar.

Pedí cita en el dermatólogo para consultarle el tema de quitármelas, pero iba a tardar muchísimo en atenderme.
Iba a llegar el verano y a estar yo con el cuello adornado con una ristra de verrugas como si fuera la bruja de Blancanieves. Así que comencé a buscar información en páginas sobre medicina natural y remedios caseros, intentando encontrar una solución alternativa a la tardanza del dermatólogo.

De esta manera, encontré un remedio que consistía en untarte un diente de ajo en la verruga durante una o dos semanas hasta que esta se secase y se cayese sola. Me decidí y comencé el tratamiento, pero al ver que así y todo iba a tardar mucho, decidí en lugar de frotarme el ajo, dormir toda la noche con una rebanada de ajo pegada con cinta adhesiva al cuello. Bueno, una por cada verruga.

Al principio picaba un poco, pero como para presumir hay que sufrir, yo aguantaba el tirón cada noche observando cómo se iba enrojeciendo la zona afectada y mi pareja se mostraba algo distante conmigo. Se supone que a los cuatro o cinco días ya estaría el problema solucionado, sin embargo, la piel lacerada comenzó a sangrarme y a infectarse un poco. Así que, al tratamiento del ajo, uní el del Betadine para curarme las heridas que se me habían formado con el ácido del ajo.

Las verrugas se fueron desprendiendo solas, pero la piel de alrededor también. Como así no podía salir a la calle, me comencé a colocar una tirita transparente para tapar las llagas y que la gente no se creyese que me había caído aceite hirviendo por encima o que un vándalo había intentado estrangularme para robarme, violarme y a saber cuántas cosas más.

Lo que ocurrió fue que las tiritas que tenía en casa eran de las fuertes, de las resistentes al agua y, al arrancármelas, me hice todavía más daño del que tenía ya hecho, desgajando una tercera circunferencia de pellejo que creaba un efecto leproso que tiraba para atrás.

-Tras toda esta explicación, comprenderás ya por qué vengo con un pañuelo en el cuello.

Ella se sonrió. Me miró con algo de complicidad y mucho de incredulidad. Me preguntó si yo era versátil. Yo le contesté que sí, que yo desde pequeña había sido siempre un montón de versátil. 

Me zampó un muerdo que tardé dos páginas webs de historia gay en entender. 
Y, cuando lo entendí, me encantó.