miércoles, 28 de junio de 2023

El plátano que predecía la muerte





Discurso de ingreso en la Academia Estúpida de las Artes y las Letras.

Queridos desconocidos, carne de miembrillos de la lustre Academia Estúpida de las Artes y las Letras:

Me gustaría rendirles un saludo de ingreso hospitalario en esta congregación que nos acoge cálida y fraternalmente desde su gloriosa estulticia.

Tuve la suerte de crecer junto a un pedículo que me acompañó a lo largo y ancho de mi más tierna infancia. Lo amaestré, lo amortigüé, lo abrigué y hasta lo amamanté. Todo era coser y saltar hasta que mi madre se percató de su presencia y lo decapitó delante de mis impropios ojos. Posteriormente, exterminó una a una sus incipientes liendres ante mi atónita mirada.  Ya nada volvió a ser igual.

Este ignominioso episodio despertó mi curiosidad por la taxidermia y la antropoagonía, hundiéndome sin más vituperio en las labores que me adjudicaba el colegio de gran desprestigio al que acudía y la gimnasia arrítmica que me obligaban a practicar. Me convertí en una niña hipervíncula y ridícula, ácrata, ágrafa y alondra. Mi contorno familiar tampoco es que favoreciera mucho, así que ahí comenzó todo.

Para consolarme tras la cruel pérdida de mi ectoparásito capilar, construí una ouija con el objetivo de invocar a los espíritus de la fruta que fenecía sin que nadie la hubiese ingerido. Leí un libreto de parapsicología y, por ciencia difusa, cual médium de medio pelo, contactaba cada noche con el ánima de toronjas enmohecidas, ciruelas pochas, bananas fermentadas, manzanas podridas, uvas putrefactas y aguacates pisoteados. De higos a peras, también se manifestaba alguna que otra pieza confitada que intentaba abducirme dulcemente bajo el pretexto de comprobar mis dotes paranormales, anormales y subnormales. Sus agrios lamentos me atormentaban apedreando mi mente con profundidad y alevosía, usando hediondos mensajes extraídos del programa de hábitos de vida saludable: “Sé como la fruta, bella por fuera, saludable por dentro”, “Una manzana al día, mantiene al médico en la lejanía”, “Zumo de limón, zumo de bendición”…

Llegada la hora de acostarse, una recomendación en especial repicaba despiadada en mi cabeza: “La fruta por la mañana es oro, por la tarde plata y por la noche mata”. La frase redoblaba en mis sienes como un trantra: “La fruta por la mañana es oro, por la tarde plata y por la noche mata”, “Por la mañana es oro, por la tarde plata y por la noche mata”… Cada palabra retumbaba sobre las paredes de mi casa endosada y volvía como un boomerang que me mortificaba.

Horrorizada por el noctámbulo ensañamiento del saludable eslogan, yo, que siempre he sido más astuta que las gallinas, me rebelé ante las infructuosas voces del más allá e ideé un juego asesino con el fin de liberarme del tormento. Una tarde cualquiera, acudí a la plaza de abastos. Escuché pregones y monsergas, inhalé el hedor de cada puesto, palpé el género con fruición, di tres vueltas sobre mí misma como la Tierra en rotación y entré en trance. Convulsioné siete veces y, justo antes de desplomarme, me aferré a un plátano que sobresalía del expositor. Ese plátano me himnotizó, me idiotizó, me auxilió y exiguamente me salvó la vida.

Desde aquel día, yo acudía al mercado plátano en ristre cual escopeta recortable, con el rictus acompasado, segura de mi vengativo efecto para con las lamentaciones frutales. A las cinco de la tarde comenzaba el lúgubre juego de “el plátano que predecía la muerte”.

Me acomodaba en cualquier rincón oscuro frente a la sección de frutería, lanzaba el plátano por los aires siete veces seguidas aguantando la respiración y, a la que hacía ocho, lo dejaba caer violentamente al suelo, observando la dirección hacia la que apuntaba el pedúnculo. Acto seguido, el frutero asía la papaya o el mango, la cereza o la fresa a la que había señalado, víctima de la ruleta rusa de nuestro juego infernal, y la arrojaba con fuerza al cubo de la basura. Cada tarde, mi Kevin (que así se llamaba el plátano) y yo enviábamos al vertedero alrededor de diez honorables, saludables y benéficos elementos.

Paulatinamente, las mohosas apariciones nocturnas fueron desapareciendo. Kevin se volvió incorrupto y me acompañó a predecir la muerte a deshora durante tres años. Ni qué decir tiene que esto siempre fue un tema vudú en mi familia del que no se podía ni hablar y que he mantenido en secreto hasta el día de hoy.

Todo terminó una de nuestras jornadas en la que yo presentaba un cuadro febril debido a la gripe aviar que padecía por haber ingerido carne truculenta escasamente guisada. Esta vez, tras sostener el aliento y contar a la de ocho, me desmayé. El plátano que predecía la muerte, en lugar de apuntar hacia el monte de guayabas, dirigió su vértice mortal hacia el frutero. El hombre pisó una breva, se resbaló de mala manera,  metió con toda la frente sobre el quicio del mostrador de mármol, acaloradamente blandió el cuchillo de partir lechugas que sobresalía del expositor, con vehemencia y gran ardor se precipitó entre los estantes de mandarinas confitadas. El suelo almibarado actuó de lubricante fatal que propició que volviera a patinar, golpeándose una vez más la cabeza contra el rodapié. Con tal estrépito, el cuchillo de partir lechugas, sin saber ni cómo ni por qué, volteó su posición, infiriendo una terrible puñalada a corazón abierto que segó la vida del frutero en un segundo.

Cuando volví en mí, la gente, en estado de shock, murmuraba que el frutero se había hecho el daikiri, pero Kevin y yo sabíamos que habíamos sido nosotros. A los testigos inoculares nos solicitaron la huella genital para tenernos fichados y yo oculté el plátano en mi mesita de noche hasta que amainara el temporal. Nunca más lo he vuelto a sacar.

Hasta aquí la tarada historia de mi estulta vida, que espero que parezca inválida para mi pertenencia a esta nuestra Academia Estúpida de las Artes y las Letras, ya que siento haber dado con la norma de mi zapato.

Me despido del que lea este discurso enviando mecedoras como homenaje al gran Chicharro:

Sigo enviándote mecedoras,

cuídalas, límpialas, pómpalas,

góndolas, lámparas, ordéñalas,

albérgalas en tu pecho

que el sultán viejo lo dice:

si el refrán mata a la rata

pon tu casa enjabelgada

que a decir viene lo mismo.


Moraleja: Nunca es tarde si la picha es buena.

Para este y otros temas incandescentes, pueden contactar conmigo telepáticamente o a través de mi correo electrónico.

Desgracias por su atención.

https://academiaestupida.com/almudena-ocana-arias


¿Yo soy la última?

 


Relato ganador del XVII Certamen Victoria Sendón, cuya finalidad es potenciar la creación y divulgación de relatos de género e igualdad.

¿Yo soy la última?

La cola de la carnicería ocupaba medio supermercado aquella mañana. Era víspera de fiesta y la mayoría de las mujeres del barrio había tenido la misma ocurrencia: acudir temprano a la compra para hacer acopio de las ineludibles provisiones.

Carmen solía levantarse pronto, persignarse antes de poner un pie en el suelo y acicalarse enérgicamente frotando cada poro de su rostro con una manopla empapada en agua tibia. Llenaba siempre el lavabo hasta la mitad, presionaba el tapón hacia abajo con todas sus fuerzas para no desperdiciar ni una gota y, tras proporcionar un lustre porcelánico a su propia cara, continuaba la tarea repasando axilas, pliegues del cogote y dobleces de sus grandes atributos.

Posteriormente, embutía sus piernas en unas medias de compresión fuerte, indicadas especialmente para sus prominentes varices; encarcelaba su vientre y todos los frunces de su torso incrustándolos en el interior de la faja reductora que se colocaba sobre las medias. Para finalizar, se calzaba unos elegante zapatos de salón en sus gruesos pies, prisioneros igualmente dentro de los calcetines pinkis que marcaron su generación. En definitiva, ensamblaba cada prenda ortopédica sobre sus propias carnes, ejerciendo un verdadero acto libre de opresión femenina contra la tercera edad.

Cada mañana calentaba los bigudíes al baño María durante quince minutos. Entre tanto, esmaltaba sus uñas discretamente para que se vieran cuidadas sin llamar la atención y las secaba automáticamente en el set de manicura que le habían regalado sus amigas. Finalizada la operación, ensartaba los ralos mechones ensortijando sus cuatro pelos como si llevase un tocado casero fabricado con serpentinas de colores. Esperaba pacientemente durante la media hora que consagraba al noble acto de maquillarse: un tenue lápiz de ojos para enmarcar la mirada, sombra nude a juego con las uñas, rímel sólo en la punta de las pestañas, una pizca de polvos egipcios, dos motas de rubor rosa palo en las mejillas, perfilador de labios melocotón y carmín vainilla para terminar.

Perfumaba sus descolgados lóbulos con varias gotas de agua de rosas y los apretaba obstinadamente con dos pendientes de pellizco que contribuían a que se estuviera acordando de sus castas enteras toda la mañana. Ella lo sabía bien, porque así se lo enseñaron las mujeres de su casa: para presumir, hay que sufrir.

Desenroscados los bigudíes, se autoinfligía un moñito italiano a modo de doloroso castigo. Cardando un poco la coronilla para aplicar algo de volumen a los bucles que pendían sobre sus hombros, atravesaba sus sienes con siete horquillas y pulverizaba con laca extrafuerte el resultado final. El olor era insoportable, pero desaparecía pronto según su parecer.

Tras la evaporación de la laca, vestía su traje recién planchado de lino color uva sobre su bajera nacarada y remataba la faena condecorando su cuello con un camafeo victoriano que portaba una imagen tallada en marfil. Bien podría tratarse de una réplica del que Napoleón regaló a Josefina la noche de bodas con la intención de que la recién desposada se ajustara al canon de belleza representado en la joya.

Carmen bebía los vientos por aquel colgante, seña de identidad de todas las matriarcas de su estirpe. Orgullosa y altanera, atendía pacientemente a la gente que la paraba por la calle para preguntarle si quizás un artesano de rancio abolengo había tallado tal reliquia a su imagen y semejanza, sin detenerse a pensar ni por asomo que la historia había ocurrido totalmente al revés: Carmen se había esculpido a sí misma imitando a pies juntillas el estilo del medallón.

Una vez finalizado el cansino ritual, asió el tacatá con genio, ejerciendo sobre los mangos la misma presión que la faja enteriza aplicaba sobre sus pechos. Tres horas habían transcurrido desde que se tomó el café, pero a ella no le importaba el tiempo invertido en arreglarse antes de salir a la calle. Así eran las cosas de toda la vida de Dios: hay que padecer para conseguir lo que se desea poseer.

Ya en el vestíbulo, tomó el camafeo entre sus manos y, como si se tratase de un escapulario bendito, lo besó justo antes de poner un pie en la calle, ejerciendo así el inconsciente acto narcisista que repetía diariamente desde que tenía uso de razón y que disfrazaba de amor fraterno hacia su madre, su abuela y todas aquellas damas que, desde Josefina la buena, la precedieron en el noble arte de emplear media vida en asemejarse a la inerte talla de marfil.

Con el mismo vaivén que el paso de la Macarena de recogida, Carmen se balanceó con su andador hasta alcanzar la cola de la carnicería a las once y media de la mañana. Toda ella constituía una verdadera procesión a su paso. Engalanada y perfumada hasta la saciedad, sólo le faltaba la banda de música para acompañarla en su bamboleo. Resultaba difícil no volver la cara al verla desfilar por la calle.

Su vecina Indira le dio la vez al llegar y, como siempre ocurría cada vez que se cruzaban, a Carmen le resultaba imposible dejar de mirarla. La chavala tendría unos dieciséis años y el tanga fosforito le asomaba por encima de la cinturilla del vaquero push up. Se notaba que le molestaba, porque de vez en cuando se acomodaba el elastiquillo con disimulo y dejaba entrever el surco que se estaba fraguando en la tersa piel de su esplendoroso trasero. El top ochentero dejaba al descubierto la frialdad de su espalda, que, con los vellos de punta, parecía pedir a gritos una rebequita de lana.

Cual geisha consagrada al sacrificio, había logrado introducir sus pinreles en unos zapatos de tiras color leopardo con plataformas y tacón de aguja que otorgaban a sus pies cierto aire de rotti de pollo. Lucía tanto en la lengua como en la nariz un piercing de oro que competía por llamar la atención con el deslumbrante brillo de su inmenso ombligo, igualmente taladrado.  Indira soportaba estoicamente el frío porque, igual que Carmen, tenía bien aprendido que para presumir, hay que sufrir. Con su móvil en ristre y suscrita al canal de Instagram de Rosalía, observaba la pantalla del teléfono y veneraba la imagen de la artista con la misma devoción con la que un parado se encomienda a la estampita de San Pancracio. Toda ella rezumaba modernidad, descaro y atrevimiento. Era imposible apartar la vista de su cuerpo al verla venir.

Sin embargo, Indira necesitaba un clínex con urgencia, ya que la carne fresca no era solo la que se mostraba en el expositor de la carnicería. Ella se disponía a estornudar con irremediable vehemencia y reaccionar ante el efecto de los crueles refrigeradores. Realizando un esfuerzo sobrehumano por sostener el estrepitoso acto reflejo, rebuscó urgentemente en su bolso a la caza y captura del pañuelo con el que enjugar sus gélidas secreciones, pero el nail art le jugó una mala pasada. Se mascaba la tensión.

Indira había optado por la manicura XXL elaborada con un gel acrílico que emulaba la forma puntiaguda de una enorme garra. Presa de sus propias zarpas, tras varios intentos e infructuosas maniobras, se rindió ante la dificultosa tarea de desabrochar una cremallera con las manos de Freddy Krueger. Las velas de mocos amenazaban con asomar por sus orificios nasales. Ella sorbía compungida al observar de soslayo a los posibles espectadores de tal función. Una vez la situación llegó al límite (frontera del tabique nasal con el bigotillo) y antes de desembocar en la viva imagen del troll de David el gnomo, optó por replicar la diplomática operación de recolocación del tanga y, en un santiamén, se limpió de una atacada todo lo viscoso con el reverso de la manga, imprimiendo en ella el mismo rastro que deja un caracol tras su paso.

En el preciso instante de concluir la disimulada acción, un hilillo del pespunte del puño se enganchó con el piercing de la nariz, provocando que Indira adoptase la pose fatal de un cantajuego imitando la trompa del elefante. Nerviosita perdida, echó a andar en busca de auxilio con la mala suerte de que se le dobló el tacón y, tras avanzar tres pasos al estilo Chiquito de la Calzada, cayó de bruces destruyendo lo que la esteticista del nail art había estado consolidando durante toda la tarde del día anterior. En esta posición, Indira dejó al descubierto la parte del tanga que al público le quedaba por visualizar. Sólo pudo cerrar los ojos deseando que la tierra la tragara mientras maldecía el día en el que se le pasó por la cabeza subirse a esos zapatos, colocarse la manicura XXL, dejarse llevar por la moda perforadora,  llevar las carnes al aire en pleno invierno e idolatrar a Rosalía.

Al contemplar lo sucedido, a Carmen se le desencajó la mandíbula de tal manera que se le desprendió la dentadura postiza de arriba. Con el estornudo de Indira ocurrió lo mismo que con los bostezos, que ya se sabe que se contagian. Carmen se estremeció y, de una sacudida, profirió un alarido parecido a un espasmo incontrolado mezcla de exhalación y estupor. Rafaella Carrá poseyó su cuerpo en ese momento y, realizando un desplazamiento de cuello imposible, expulsó la dentadura más allá del mostrador de la carnicería. El escándalo fue in crescendo como el vapor de una olla exprés y el tumulto de señoras bullía al participar de la dantesca escena.

Carmen, abochornada por compartir número cómico con su vecina, avergonzada y aturdida, se agachó presurosa como si estuviera realizando una genuflexión en busca de sus dientes, con tan mala suerte que, al llevar la faja tan apretada, bastó solo una leve presión más sobre su estómago para que se le escapara una estrepitosa ventosidad produciendo un inconmensurable estruendo que retumbó en toda la carnicería. Al intentar incorporarse, sosteniendo la brizna de dignidad que aún mantenía, le echó mano al lebrillo de aceitunas “chupadedos” para hacer contrapeso y sujetarse. Al apoyarse sobre él para venirse arriba, volcó el recipiente con todo su contenido, creando de inmediato una inmensa capa de aceite en el suelo como si acabara de descargar un camión cisterna.

El pavimento se convirtió ipso facto en una increíble pista de patinaje. Las mujeres, enfrascadas en la tarea de buscar los dientes de Carmen, esconder las posaderas de Indira, airear el gas fétido regalo de la octogenaria y auxiliar a la adolescente con la ferretería que llevaba encima, no se percataron de lo resbaladizo de la superficie. Unas tras otras fueron cayendo como si de una partida de bolos se tratara.

Los vestidos se pringaron, los cardados se aplastaron, los refajos explotaron, los collares de perlas se rompieron y las cuentas se diseminaron. Se doblegaron los tacones maltrechos dejando más de un pie descalzo, estallaron las fajas liberando mollas y michelines, se perdieron los aros del sujetador, las pestañas postizas, las uñas esclavizantes, el pendiente de la lengua y hasta el del clítoris de alguna.

Desapareció el push up, la compresión fuerte recomendada por los expertos, los tacones de vértigo, el tanga incrustado y la circulación cortada por el elastiquillo.  Milagrosamente, gracias al efecto de las aceitunas “chupadedos”, caducaron las sempiternas modas de implantarse prótesis mamarias, realizarse liposucciones en Turquía, tensarse el rostro con hilos de pescar, de invertir interminables horas delante del espejo... ¡Se extinguió la mala costumbre de agujerearle las orejas a las niñas y de ponerle pendientes de pellizco a las viejas! Asombrosamente, también se esfumó la constante preocupación por el qué dirán. Aquello era el paraíso.

De repente, una niña con toda la cara de Pippi Langstrump y un papelón de churros en la mano entró en la carnicería pidiendo la vez. Cuando se percató de la que estaban liando sus vecinas exclamó:

—¡Pero, esto se avisa!

Y, sin mediar palabra, se unió al evento revolcándose por el suelo, embadurnándose de zumo de oliva virgen extra sin ningún remordimiento, vociferando y convirtiendo aquella catástrofe desaliñada en una espléndida fiesta.

En medio de tal revolución, apareció el móvil con la imagen de Rosalía y el camafeo con el rostro de Josefina la buena, pero las allí congregadas (recordemos que debido al mágico efecto de las “chupadedos”) habían desarrollado una gruesa capa de grasa en sus espaldas. Es decir, que desde aquel apoteósico instante en el que se volcó el barreño, todo les resbalaba. Las respectivas dueñas del móvil y de la reliquia se hicieron las longuis al ver sus pertenencias, pasando olímpicamente del tema.

Indira y Carmen se sentaron juntas, se miraron a los ojos y se cogieron del brazo como dos comadres. Carmen susurró al oído de su compañera:

Niña, creo que, en realidad, no hace falta sufrir tanto. Yo te veo guapísima te pongas lo que te pongas. Anda ya, tanto fijarse en las que salen en el móvil.

Indira le agradeció sus palabras con una sonrisa y le contestó zalamera:

—Pues menos mal, porque desde luego que estos malditos tacones no pienso ponérmelos más. Y lo mismo le digo, Carmen, no se apriete usted tanto, que un poco más suelta también está estupendamente. Habrá que ir ya dejando de parecerse a la señorita Escarlata.

Tras este gesto de complicidad entre dos generaciones, una gran carcajada y un cartucho de churros unió a las mujeres pringosas (pero felices).

La Pippi Langstrump, convertida en un churrete andante, volvió a preguntar:

Entonces ¿yo soy la última?

A lo que todas asintieron sin ninguna duda:

—¡Que sí, chiquilla!

Y, desde aquel día, todo comenzó a cambiar.


                                                                                          Almudena Ocaña Arias

domingo, 9 de enero de 2022

Perjudicados nosotros

 


La repercusión mediática del oso perjudicado parece un pozo sin fondo. No doy abasto a visualizar la cantidad de memes y video montajes que inundan las redes sociales y que me envían sin parar familiares y amigos. Me tiene el móvil colapsado el dichoso oso de marras.

Yo, personalmente, no le encuentro tantísima gracia a un muñeco desinflado. Tiene su punto, eso no lo puedo negar, y más aún cuando lo retocan colocándole una bombona al hombro, haciéndose una PCR o patrocinando Fisiocrem. Sin embargo, esta exacerbada necesidad de explotar al máximo cualquier pamplina, de regodearse en la misma carcajada una y otra vez y de movilizar a un país y parte del extranjero en torno a un muñeco me retrotrae a épocas pretéritas en las que nuestro idioma incluyó en su vocabulario “fistro vaginal”, “duodeno”, “hasta luego Lucar” o “no puedorr” hasta límites insospechados. Mucho antes había ocurrido lo mismo con el “veintidós, veintidós” o las empanadillas de Encarna.

Parece ser que en los momentos de mayor penuria, ya sea económica, política, social, cultural o sanitaria, salta un resorte en nosotros que hace que nos agarremos a un clavo ardiendo para combatir de algún modo el ruinazo que tenemos en lo alto. Que nuestro clavo ardiendo haya sido un oso pinchado en una cabalgata local me obliga a pensar si, en verdad, los perjudicados somos nosotros.

Creo que este pasacalles navideño no ha sido ni más ni menos que un fiel reflejo de la realidad, sin deformar ni nada. No hablo de esperpento sino de lo más didáctico y clarificador que puede experimentar un niño en estas fechas. Una verdadera lección de sinceridad.

En cuanto a las princesas cabezonas que también han sido objeto de burla, intento imaginarme la belleza y la finura que desprendería un desfile de nuestra realeza, nuestros príncipes y princesas en la vida real y que desde niños se nos han mostrado como figuras representativas de categoría y alcurnia superior al resto de los mortales.

 Si pusiéramos a desfilar a nuestra querida infanta mayor con su exmarido, vástagos y allegados... ¿no sería el principesco pasacalles aún más terrorífico que las catastróficas princesas que precedían al oso? 

Respecto a la momia, sí que daba susto, pero ¿no dan más julepe los papá noeles que pululan por las calles del centro para incitar a las compras navideñas? ¿O es que en vuestro barrio el papá Noel va a Turquía a implantarse barba natural y no se le ve el elastiquillo?

¿Y el rey Mago negro? ¿Abrimos ese melón? ¿No da más miedo un rey Mago despintando que te sube en su falda, te achucha para que le cuentes los regalos al oído y acto seguido te tienes que ir a poner la lavadora del tirón de cómo te ha empercochado el vestido en un momento el gachón?

En serio, a mí me produce más miedo ver en televisión a nuestra reina cada vez que se muestra públicamente con ese cuerpo de pata rusa que tiene la pobre, que la momia de Tutankamón, las princesas deformes y el oso perjudicado todo junto.

Como apunta Daniello Pradotti en su último vídeo, ¿esto no podríamos haberlo hecho nosotros y que el dinero se quedara de Cortadura para dentro?

A corto plazo, yo propongo una cabalgata chiquita pa los más jartibles. La del humor ya ha sido. Y que esto se repita por lo menos un par de fines de semana contratando a gente de Cádiz de la lista del INEM, dándoles de alta y pagándoles lo que les corresponda.

A largo plazo, lo suyo sería la creación de Cachondilandia, un Disneiland del cachondeo al más puro estilo de Cadi Cadi. Aceptar sin ningún tipo de complejo lo que somos y transformarlo en empresa, que los bufones también comemos y tenemos que pagar los recibitos religiosamente. Coger la residencia del tiempo libre, el edificio de Náutica o el Valcárcel mismo, meter una cuadrilla de albañiles oriundos, construir un parque temático del humor, con sus tablaos de actuaciones, sus salas de risoterapia, su barrita americana, su freidor y sus vistas al mar, sus congresos de la alegría y la salud mental y convertirnos todos los gaditanos en formadores profesionales y remunerados que impartan clase al personal de lo más importante de esta vida: cómo vivirla.

Que a nivel nacional e internacional se fleten autobuses y barcos durante todo el año (entre semana también para los jubilados y gente más necesitada). Que recibamos al personal con temáticas variadas para no aburrirnos y que nos convirtamos en la gran empresa de animación sociocultural que necesita el mundo, con nuestro marketing, sus artesanos, costureras, diseñadores, compositores y artistas a toda máquina, con nuestro contratito y nuestra seguridad social. En resumen: transmutar el episodio del oso en una oportunidad de negocio, porque ya estamos viendo lo que necesita la gente y lo que nosotros podemos ofrecer, que no es moco de pavo.

Te juro que lo veo. No hay que ser muy listo para dilucidar que, estando como estamos, el producto que más necesita la peña es una pechá de reír detrás de otra. Y eso hay que dejarlo en manos de profesionales, te lo digo de corazón. Que las autoridades pertinentes declaren el Cachondeo patrimonio inmaterial de Cádiz y la Humanidad, que se hermane con el Flamenco y que la líen un día sí y otro también.

Que acudan en peregrinación desde los lugares más remotos del universo a contemplar el arte de las chirigotas legales en los tablaos (las ilegales por donde quieran ellas), el entierro de la caballa, los De ida y vuelta, los artilleros de Puntales, Las niñas de Cádiz, Albanta y los amigos de Fernando Quiñones; que saquen las procesiones a la calle si hace falta, qué más da, si aquí lo que necesitamos es un milagro. Que se unan las cuadrillas de cargadores y, al son que marque la Petróleo con los tambores de la batucada, levantemos nuestra ciudad. Recuperemos el oficio de histrión con la cabeza bien alta.

Como siempre, ha tenido que venir Cádiz para ponernos por delante nuestra propia imagen, para ofrecernos algo a lo que agarrarnos en esta época de naufragio y desesperación mental. No sé si alguno de ustedes compartirá este espejo conmigo. En fin...

Queridos niños y niñas damnificados por la cabalgata: Cádiz será el hazmerreír de España (y a mucha honra), pero, que no se nos olvide, también es nuestro salvavidas. Los perjudicados somos nosotros y esta risa desaforada no es más que un claro síntoma de cómo estamos por dentro: hechecitos polvo.

P.D.: Ayuntamiento, Diputación, Junta de Andalucía y Gobierno de España en general, ya pueden ponerse manos a la obra en cuanto a la creación de empleo y gestionar el papeleo de esta gran ciudad que vale su peso en oro.

Reitero: el humor es nuestra salvación y hay que dejarlo en manos de los profesionales más cualificados.

viernes, 22 de enero de 2021

Embarazo psicológico

 

  



Hace unos cuantos meses, una amiga mía tuvo un embarazo psicológico. Se le hincharon las piernas, el vientre y todo lo que se inflama cuando una se encuentra en estado de buena esperanza. Aumentó el volumen de su abdomen, sus glándulas mamarias se volvieron turgentes, subió de peso y hasta notó en dos ocasiones los movimientos fetales.

A pesar de todo, tuvo claro que su embarazo era imaginario, aunque todos los síntomas fueran reales. Su marido y ella se «apañaron» (como suele decirse) tras el segundo parto, que fue una pesadilla de la que terminaron bien escarmentados. De manera que no había posibilidad física ninguna. Sin embargo, ella, desde hace tiempo, tiene un amor platónico. Suspira por un muchacho recurrente, de esos con los que una imagina que comparte una
noche loca de poemas, alcohol, risa y promiscuidad. Todo se queda en la imaginación, porque con solo figurarse las consecuencias reales que una nochecita de estas acarrearía en su vida, se le baja toda la libido que la utopía mejor pintada le pudiera proporcionar.

Yo no sé a vosotras, pero a mí, por lo menos, me cansa una conversación interesante que dure más de una hora, no aguanto ni medio cubata, me harto de estar de pie y, si tengo candidiasis cada dos por tres con pareja estable, no sé yo lo que sería capaz de padecer por mis bajos fondos si me da por echar una canita al aire.

En fin, que ella pensó que su embarazo podría ser fruto de alguna de esas noches furtivas en las que el subconsciente la traicionaba y se iba en busca del garzón con el pensamiento. Imaginó que todo era fruto de la nocturnidad y lo onírico, de un viaje astral provocado por el Diazepán y que, al poco tiempo, se le pasaría. Pero no; no fue así. En breve se presentó con un barrigón del quince totalmente ficticio, tal como había sido concebido.

Entre llantos, le confesó a su marido todo lo ocurrido. Al principio, él le dijo que se lo tenía merecido, por vieja verde. Pero enseguida le dio pena y se apiadó de ella, acompañándola al psiquiatra, que le recetó un tratamiento a base de Aero Red y bicarbonato a ver si le provocaba un aborto espontáneo. El médico le comentó que, a veces, a las mujeres nos pasaban estas cosas porque nos tragábamos las palabras, se nos producía una infección en el estómago y nos daba la cara de esta o de otras formas. Lo que se llama somatizar, de toda la vida de Dios. Le recomendó también un libro sobre asertividad y ejercicios para descargar la agresividad, que por lo visto la tenía muy acumulada.

A pesar de todos los esfuerzos, su pseudociesis no cejó y se encontró de golpe con nueve meses sin menstruación que le vinieron de perilla porque le pilló todo el verano. Tuvo un antojo de sardinas asadas, otro de uvas moscatel y otro de tarta al whisky. Se lo comió todo del tirón, por si le salía una mancha al niño fantasma que venía en camino. Además, como sabía que todo era de mentira, se bebió los mojitos que le pusieron por delante en la boda de su prima Aurora, se montó con los niños en los cacharritos de la feria de su pueblo y se zampó todo el jamón, chorizo y salchichón que le dio la gana. Vamos, que tuvo un embarazo buenísimo. Lo malo fue la hora del parto.

Las contracciones empezaron emocionalmente a removerle todo el cuerpo. Tuvo una bronca gordísima con una vecina a la que le tenía ganas desde hacía ya tiempo y, en el mismo portal, rompió aguas de forma torrencial. Se la llevaron corriendo a hospital, donde la estaba esperando el psiquiatra para ponerle la epidural en el pensamiento abstracto. Debió punzarle entre dos inquietudes, o en el hemisferio equivocado (vaya usted a saber). El caso es que el inminente parto avanzaba, sintiendo las enormes sacudidas internas, los fluidos desbordados y esa bola caliente que no sabía por qué parte del cuerpo salir. El cuello del útero no dilataba y a puntito estuvieron de meterle mano para realizarle una cesárea de urgencia.

Pero fíjate tú por donde que, en aquel mismo momento, se le iluminó la bombilla y empezó a soltar por la boca todo lo que podría haber parido por el orificio de abajo. Lo que tendría que haberle salido del mismo toto, brotó de sus labios en forma de palabras. Como buena parturienta, comenzó a desahogarse con el que le cogía la mano, que, en cuanto vio el percal, se la soltó diciendo que el hijo imaginario no era suyo y se quitó de en medio bien ligero.

No estaba pariendo improperios, sino oraciones sintácticamente perfectas que habían estado madurando en su interior durante los nueve meses anteriores. Mágicamente, comenzó a dar a luz. Continuó esputando cual lava de volcán muchísimas ideas referidas a los que estaban en la sala de espera, a sus seres más queridos, a los menos queridos, a los relacionados con el trabajo o con la vida en general.

El alumbramiento fue costoso, largo y, sin embargo, totalmente certero. Ese niño incorpóreo puso a cada uno en su sitio. Literalmente, no es que ella estuviera pariendo, sino que estaba poniendo a todo el mundo a parir al más puro estilo espartano, en el que las mujeres sacaban todos los trapos sucios que se habían guardado durante la gestación, para evitar problemas al niño. Cuenta la leyenda que las discusiones acaloradas ayudaban a que las mujeres rompieran aguas con mayor facilidad y precipitaban el parto. Al decírselo todo a la cara, se reforzaban los lazos de unión entre la población y el niño, al llegar al mundo en un ambiente hostil, forjaría su carácter desde el nacimiento.

Con todo lo que afloró ese día, ella está escribiendo un libro. Anda un poco preocupada porque no sabe si le concederán la baja por maternidad, que sería lo suyo después de todo lo que ha pasado la pobre.

Tampoco sabe si tendrá depresión posparto y dentro de unos días empezará a pensar que lo que está escribiendo (y todo lo que ha surgido de su fuero interno) es una mierda y no lo va a querer ni mirar. Ni siquiera sabe el nombre que le va a poner a la criatura, a lo ocurrido, a sus palabras…

Lo mismo telefonea al muchacho recurrente y se lo consulta. A ver cómo se lo explica:

—Mira, chato, que he tenido un hijo psicológico de la noche aquella que pasé soñando contigo. ¿Alguna preferencia respecto a su denominación? Porque si no, se llamará Heracles, con todas sus castas. Que estoy en racha.

martes, 14 de abril de 2020

Ira de mujer, ira de Lucifer




A mi prima Maculada su madre le suprimió el “In” del nombre en cuanto la conoció en el paritorio. La niña nació embistiendo, haciendo la peineta con una mano y poniendo los cuernos con la otra.

La comadrona casi se desmaya durante el parto y deja a mi tía más tirada que una colilla. No había visto nunca antes cosa igual.

Del vientre materno emanaban olores horripilantes propios de un meconio enrarecido. La puñetera niña propinaba alaridos guturales desde las profundidades del cuello del útero al estilo death growl cual vocalista satánica del peor grupo de heavy metal.

Mi prima llegó al mundo medio muerta y ronca perdida. En vez de venir con un pan debajo del brazo, traía una vuelta del cordón umbilical en el cuello y un buen par de cojones. Le faltó poco para ahorcarse justo antes de nacer y acabar en feto mal parido allí mismo.

Así que, atendiendo a lo que parecía la exhalación de los últimos estertores de la chiquilla, la ginecóloga, creyendo que la palmaba, roció su cabeza apepinada con agua bendita que guardaba en un cajoncito para los casos de bautismo de urgencia. Mientras, recitaba a todo trapo:
—Yo te bautizo en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo…
Pero, justo antes de pronunciar el “amén” del final, la niña le escupió en toda la cara un buche de líquido amniótico que mantenía en un carrillo.

La enfermera revoleó a la cría con toda su pestilencia encima de su madre y, de esta guisa, sobre el pecho materno, finalizó el espectáculo con un eructo impropio que retumbó ante el sepulcral silencio que se mascaba en la sala. Para rematar la jugada, se tiró un pedazo de cuesco y, acto seguido, se durmió.

Entre la vérnix caseosa, que viene a ser la grasa, y el lanugo que traía la criatura, el melón de cabeza que se le había quedado después de usar los fórceps y el llanto de ultratumba que se gastaba…mi tía no quiso ni que le hicieran la fotografía, cortesía del hospital con la que obsequiaban a las recién paridas.

Con las pintas y formas con las que se presentó a la vida, tendría que haberse llamado algo así como Dalila, Maléfica, Pandora, Medusa, Harpía, Empusa e incluso Lilith le habría venido de lujo. Sin embargo, mi tía no podía romper con la tradición de que la primogénita portase el nombre de la abuela paterna. La habrían acusado de traición, felonía, ingratitud, alevosía, vileza, complot, alevosía y cualquiera sabe cuántas maldades más. Así que, teniendo en cuenta las consecuencias que podría haber acarreado un cambio de decisión respecto a su onomástica, la pobre mujer lo único que pudo hacer para mantener la coherencia fue suprimirle el prefijo para que el significado del nombre estuviese más en consonancia con el temperamento de la que lo llevaba. Igualica, igualica que su difunta abuelica.

Maculada creció fuerte y descarada. No consintió en coger el pecho. Masticaba filetes aún sin tener dientes, ya que tardó más de ocho años en terminar de echarlos. Con seis meses ya anduvo sola. Estuvo dos años con el sueño cambiado y presentó cólico del lactante hasta que le bajó la regla y se le juntó con el cólico nefrítico. Nunca se desprendió del vello negro con el que nació, la arropaba por las noches y no necesitaba ni pijama para dormir. Se negó en rotundo a depilarse y continuó defecando meconio durante todos los días de su vida. Se alzó con el título de campeona de levantamiento de pesas a nivel autonómico y cuidaba de los suyos como una jabata.

Durante la adolescencia, se convirtió en vegana y en fan number one de Al Gore. Si fuera por ella, ahora mismo adoptaría a  Greta Thunmerg.

Se apuntó a los boy scouts, a los ecologistas, a los animalistas, a los naturalistas y, por ende, a los naturistas, a las terapias alternativas y a todo lo que significara luchar por los desprotegidos, por la naturaleza y el planeta. No le hacía falta megáfono en las manifestaciones. Rugía con su vozarrón y se quedaba todo el mundo más callado que en misa.

Una vez trabajó como guardia de seguridad, pero tuvo que dejarlo al poco tiempo porque le tocaba mucho los ovarios tener que poner firme a todo quisqui.

Recogía los plásticos de la Caleta, las bolsas del piojito por la Bahía, las mierdas de los perros por la calle Ancha, las colillas por la Alameda, los papeles de las hamburguesas por el Hotel Playa Victoria, los paquetes de tabaco pisados, los chicles pegados…Su vida era un sinvivir. No daba abasto con toda la porquería y la poca conciencia de la gente. La tenían literalmente hasta el mismo coño.

Poco a poco, la contaminación la iba sulfurando, indignando, encolerizando, exasperando y enfureciendo.

Para combatir la ira que la carcomía por dentro, se cortó el flequillo como si fuera de Herri Batasuna, se compró el satisfyer pro y estuvo catorce días sin salir de su casa. Pero ni por esas lograba calmar su angustia y ansiedad ante los datos climatológicos, los desastres que se avecinaban y la pasividad del personal ante la inminente catástrofe natural que estábamos provocando.

Como último recurso, se apuntó a un cursillo de autocoñocimiento basado en hechos reales.
Pertrechada con cojín y espejo, se plantó delante de la monitora mostrando sus fauces melladas, su espalda contracturada, la cicatriz en el cuello de cuando el cordón umbilical la quiso estrangular, las manos rudas de tanto recoger basura, los pelos como una loca asomada al balcón y un máximo interés por el tema de autocoñocerse.
—Aquí estoy— gritó en tono de denuncia pública como si la niña del exorcista acabara de manifestarse. Era el vivo retrato de la Uchi entrando en el Manteca, por mi madre de mi alma.
—Bienvenida, hermana. Tocarse el coño empodera— exasperó la monitora con voz de fumar Ducados.
Y en ese mismo instante, Maculada sintió que estaba donde tenía que estar.

Cada asistente se analizó el moco cervical, ese gran desconocido; conversó con su vulva, tan lejos y sin embargo tan cerca de cada una de nosotras, y se reconectó con su útero, tan negado y olvidado por el hostil patriarcado.

Todas las participantes se fueron viniendo arriba con una potencia que ni Endesa con sobrecalentamiento podría igualar.
—El puntito que le da cada una a lo suyo, no te lo da nadie— se escuchó a viva voz desde la retaguardia.

Allí se congregaron un montón de alborotadoras. Las Cadiwoman desde el módulo uno a la cabeza cantando el clitorito (‘Háztelo tu misma’) junto a Ana Magallanes vestida de ‘El rey de la fiesta’. Las flamencas de la Merced dando zapatazos, las Niñas de Cádiz montando un pollo mayúsculo y libérrimo como sólo ellas saben hacerlo; hijas secretas de Valle-Inclán, puro esperpento callejero. Las mujeres de acero, las de mantilla, la Petróleo y la Salvaora hacían la ola. Una costurera, cuatro estudiantes, una sindicalista y dos conductoras de autobús bailaban la conga. Allí estaba La Libertaria, la Leo Power, Teófila, cinco maestras, dos cocineras, una monja carmelita, la Lola Flores y hasta Rita la Cantaora.

Las mujeres no hacían más que entrar al cursillo. El griterío se convirtió en bulla y la algarabía en clamor. El bramido de mi prima Maculada produjo la traca final que provocó que todas salieran corriendo. El suelo se desplomó bajo sus pies como ocurrió con las rebajas de tresillos en muebles Peralta. La avalancha no se hizo esperar. De la risa al llanto en un simple crujido de la tierra.

Una polvareda indicaba el escenario dantesco donde cuerpos amontonados y sangrientos se mezclaban con cascotes y escombros, espejitos y cojines, bragas y calcetines.
Maculada cogió en peso las magulladuras, la autoestima herida, el dolor del parto, los hematomas de los golpes de la vida y el hastío de su existir junto al satisfyer abollado, la colchonetita del yoga, los cascotes ensangrentados, las amigas majaras y todo el cachondeo que un minuto antes reinaba en el recinto.

Como Hércules o el titán Atlas, ella podía con eso y mucho más. Todas las que se recuperaban de esa especie de hecatombe zombi, estaban ya acostumbradas a cargar con mucho peso sobre sus espaldas. Nada nuevo bajo el sol.

Así que, sin saber por qué, de buenas a primeras, como almas que se lleva el diablo, les dio a todas por salir corriendo en pelotón, dirigiéndose Columela abajo en dirección al muelle. Abanderando incongruentes gritos de protesta, se fueron uniendo, entre alaridos y empujones, todos los transeúntes que por allí pasaban, embrujados por el poder de la masa sublevada. Se unió Luisita tirando claveles, Amalia regalando fajas, las cajeras de los supermercados, los chinos del bazar, la churrería de la guapa, los amigos de Fernando Quiñones, los Vivos y toda la Isleta,  los cargadores del Perdón, el bicicleta y la gente del Cambalache, cuatro bandas de música, los que bailan en las bóvedas de Santa Elena, la gente del jazz y los rocieros con carretas, bueyes y estandartes. Salieron por la calle Feduchy, San Antonio, plaza Mina, El Pópulo y Santa María, Candelaria y la Viña, El Campo del Sur.... No veas la vuelta tan rara que estaban dando. Aquello tenía menos sentido que el itinerario del entierro de la caballa. Una anarquía de manifestación. 

Corría ya el ocho de marzo y la locura desbocada tomó las calles como la lava de un volcán en erupción. Así empezó todo: desgañitándose.
Maculada gritaba enardecida:
─¡Queremos autocoñocernos!
Muchas jaleaban:
─¡No nos mires, únete!

Víctimas de un extraño hechizo, cada vez se acoplaba más gente. La multitud se convirtió en tropel y avanzaba con paso firme.
Gritaban, escupían, tosían, vociferaban, tocaban con las manos descubiertas, se besaban, se cortaban las venas, vaciaban su copa menstrual, lo regaban todo con el sudor de su frente…
Sobresalían chillidos que se atropellaban al ritmo de un tambor:
─¡Nosotras parimos, nosotras decidimos!
El enfado, unido al dolor transmitido generación tras generación, iba en crescendo:
─¡Somos el grito de las que ya no están!
─¡Mi vagina aguanta cualquier golpe!
De esta guisa, se montaron en un trasatlántico porque había una muchacha, hija de la gran China,  a la que se le había metido entre ceja y ceja que su madre oriental viviera esto.
Allí se manifestaron en la gran murallita y, después de unos cuantos chupitos de licor de lagarto, tiraron para Italia.

Los participantes se contaban por millones. Seguían berreando, abucheando, pitando y refrotándose con paredes, ventanas, farolas, adoquines, personas, perros, gatos, pangolines y murciélagos.

Todo iba viento en popa.  Repartían collejas para que la gente recogiera los papeles y los depositara en las papeleras, para que metieran las colillitas en un cenicerito de bolsillo, para que usaran envases reutilizables, para que las empresas se dejasen de cachondeo con los vertidos, los gases, las mierdas… y para que se respetara a todo el mundo. Pedazo de ocho de marzo que se estaban pegando.

Si alguien preguntaba el porqué de la manifestación, las respuestas brotaban de boca en boca:
─¡Porque estoy hasta el coño!
─¡Porque a la mujer y a la cabra, cuerda larga!
─¡Porque la mujer y la sartén, en la cocina están bien!
─¡Porque mujer tenías que ser!
─¡Porque a mujer temeraria, o dejarla o matarla!
─¡Porque a la mujer y a la burra, cada día una zurra!
─¡Porque el tabaco, el vino y la mujer echan al hombre a perder!
─¡Porque yo vengo desde Loja!
─¡Donde la que no es puta, es coja!

Y andandito, andandito, llegaron hasta Madrid. Pasaron la tarde estupendamente, soltando esputos y babas al aire como un perro rabioso, estornudando sin ponerse la manita por delante, compartiendo todos los suvenires que traían de Wuhan y de Milán. Se estaban desahogando pero bien. Finalmente, terminaron en la Caleta al influjo de la luna y ya, cuando les pareció, se fueron a gatas para su casa. Los últimos, cómo siempre, los hermanos Serrano. No hay arreglo.

Cayeron en la cama reventadas y hasta algunas, que llevaban meses sin pegar ojo a causa de la menopausia, durmieron esa noche de un tirón. Plenamente satisfechas.

A los pocos días, las noticias comenzaron a contar que esa manifestación tenía la culpa de todo. Vaya tela con las hijas de Lilith, Eva para las amigas. No veas qué ruinazo nos habían traído. La responsabilidad no era del fútbol, la misa,  los conciertos,  los viajes de negocios en avión, el hambre, la falta de higiene, ni siquiera de la miseria de un laboratorio de tres al cuarto con una rendijita muy chica muy chica.

El 8M de los cojones era el que la había liado. Me cago en mis castas. Otra cosita más para las espaldas. No pasa nada. Podemos con eso y con más, ya lo sabemos. Hay que pensar que, con lo bien que lo pasamos...anda y que nos quiten lo bailao. Siempre en positivo, como esas agendas que están ahora de moda.

Maculada no consiguió ni hablar cuando se enteró. Se había roto las cuerdas vocales. Se había dejado la garganta y el corazón protestando y aullando por las calles. ¿Para qué?

Ahora no se escuchan bombardeos ni gritos. No hay tiroteos ni se ven llamas o soldados. Es realmente difícil creer que así, confinados, estemos luchando contra algo. 

Maculada sigue cada día acudiendo a su puesto de trabajo. Limpia la planta de infecciosos del hospital. Ha estado haciéndolo toda la vida sin guantes ni mascarilla. Como una patena lo tiene todo. Nunca se ha contagiado de nada. Ella sabe bien lo que se trae entre manos y mata los gérmenes a escupitajo limpio. Los ve hervirse ante sus ojos, derritiéndose en su saliva. Por eso escupía tanto durante la manifestación, a ver si así acababa con toda la inmundicia que tenemos en lo alto.

Ahora, andan buscando una vacuna. Sin embargo…
Qué extraño que la naturaleza provea remedios contra las serpientes fatales, pero contra una mala mujer, mucho más mortífera que las serpientes, mucho más cruel que el fuego, nadie ha encontrado un antídoto (Andrómaca, Eurípides)

Lo mismo el anticuerpo también se lo ha traído mi prima Maculada de recuerdo o cualquiera de sus amigas. Ella es una superviviente desde que nació. Pero pasan los días… y no la mira nadie.

Cuando se harte de verdad…no me lo quiero ni imaginar. Nos vamos a cagar pero de verdad.  

sábado, 8 de febrero de 2020

Las niñas pregoneras





Algunos dicen que no les ha gustado el pregón. No han entendido que no se recitara la esperada retahíla de piropos a nuestra ciudad, que no se describiera la belleza del atardecer en La Caleta o que nadie se quebrara la garganta al grito de en Cádiz hay que morir.

Otros han dicho que eso no era un pregón y lo mismo hasta tienen razón.

Las Niñas han montado un espectáculo de generosidad y memoria, de amor, amistad y agradecimiento.

Durante estos meses, se han deslomado para ofrecer a su ciudad lo mejor, repartiendo el protagonismo entre los presentes y rindiendo homenaje a sus antecesores por todo lo que trabajaron para que gente como ellas hayan podido subir hoy al tablao de San Antonio.

Habría sido fácil montarse en escenario y soltar bastinazos con el tipo de pornochacha o de cajera de Simago. Sin embargo, Ana López, Alejandra, Rocío y Tere se han dejado el pellejo, poniendo el trabajo por delante de la familia y hasta de la salud.

En el pregón no se ha hablado de todo lo bonito que tiene Cádiz. Es verdad. En el pregón se ha mostrado sin tapujos lo que se siente cuando uno tiene que coger las maletas para buscarse las papas donde sea. Lo que supone ver Cádiz desde la distancia, acostumbrarse a respirar el aire seco, conformarse con las vacaciones o tener que pedir días sin sueldo para poder volver a la que fue tu casa.

Tampoco se ha hablado de carnaval, de letristas y comparsistas o chirigoteros insignes. Sin embargo, en ese tablao se escucharon las voces de mucha gente, aunque algunos no lo vieran. Allí en lo alto estaban las Muñecas de Marín y Los hijos secretos de Lola Flores. Estaban también las voces de las primeras mujeres que tuvieron bronca en su casa por salir en carnaval, abanderadas por Adela del Moral. También se escucharon las voces del coro mixto y de todas las que hemos sido esclavas de Cleopatra, malitas de los nervios, maniquiles del Palacio de la Moda o cuidadoras gaditanas.

Debo confesar que, en algún momento de la actuación, tuve miedo de que aquello se viniera abajo como lo hizo en su día el suelo de Muebles Peralta en la rebaja de tresillos. Allí hubo un montón de gente. Allí estaba La Canalla, todo el flamenco de La Merced y el barrio Santa María, la familia Ruibal-Inchaurrondo, el Valcárcel y el Columela, Caramba Teatro, la Manuela, que dio a luz lo más bonito de la estación, el Kichi, la Viña y el Corralón.

También estuvieron allí nuestros maestros: la Lola Flores y la Jurado, el Agu, que encendió la llama del teatro, los de Filosofía y Letras, Antonio el de latín y hasta Hassan el del Cambalache. Por estar, estaba hasta mi madre con su acerico, su aguja y su dedal…

Allí se sentía a gente que hace tiempo que no vemos, a gente que ya no está, pero que se viene con nosotros cada vez que hay un cachondeo, como Mariana Cornejo, la Uchi y unos cuantos personajes más.

Este pregón ha sido toda una lucha. Ha sido también una colleja bien dada y un ponernos firmes a todos como solo la Garduña sabe hacerlo. Ha sido el tatuaje sinvergüenza que debe llevar en la frente la mujer que sale en carnaval ante la pregunta de quién os escribe las letras: “las letras las escribe mi coño moreno”.

Este pregón a lo mejor no ha sido un pregón. Esto ha sido un gran revulsivo para algunos y una alegría muy grande para muchos otros. Ha sido una muestra más de lo que cuesta que te tengan en cuenta siendo una puella gaditana, que simplemente te cambien el reggaetón de la carroza y te pongan el pendrive con música de Cádiz, flamenca y carnavalera…

En fin…durante la cabalgata nos vinimos arriba unas cuantas y por poco nos caemos de la carroza bailando por María Jiménez. Nos hicieron fotos y nos grabaron. Uno de los que andaba móvil en mano, me enfocó y me empezó a gritar algo que yo no entendía. Al rato me enteré de que quería que me levantara el vestido para grabarme.
La carroza continuó su marcha mientras sonaba el Se acabó.

Pero... que sepan ustedes que esto no se ha acabado ni por asomo. Hacen falta muchos pregones como este para que las niñas, las suyas y las mías, nuestras hijas, sobrinas, novias y nietas, puedan salir a la calle a cantar sin que nadie se les eche encima o las quieran grabar levantándose el vestido para luego colgarlo en internet.