domingo, 18 de agosto de 2019

El Relicario




Durante estos días de vacaciones, me he aficionado a ver el programa de Iker Jiménez y a leer las historias del Cádiz oculto en sus volúmenes I, II y III. Vayamos por partes.

El espacio televisivo me ha enganchado porque trata sobre cualquier tema relacionado con el mundo del misterio y lo desconocido, entre los que destacan conspiraciones, ocultismo, criminología, astronomía, ufología, parasicología, física y naturaleza. Lo mismo se centran en testimonios de personas que han sido abducidas y arrojadas de vuelta a la playa de Cortadura en la noche de las barbacoas del Carranza, que te propone un salto en la historia a través del estudio de las cuevas rupestres.

Con una sensación mezclada entre escepticismo, intriga, un poco de miedo y escalofrío, he visto en Cuarto milenio casos como el de las caras de Bélmez, los misterios de las pirámides de Egipto, la cara oculta de Jesús de Nazaret, los mayores accidentes nucleares de la historia, las profecías de Nostradamus, el código Da Vinci, el exorcismo de cinco muchachas, tres niños que habían resucitado o que volvían a la vida tras permanecer en coma durante años, un gato que sólo se acurrucaba entre las piernas del que iba a fallecer, apariciones de monjas difuntas en ascensores de hospitales, sicofonías en manicomios abandonados, la mujer de la curva y un castillo donde vivían extraterrestres desde hacía dos décadas.

He de confesar que he tenido que terminar de ver alguno de estos programas presionando fuerte el muslo o la mano de mi consorte.

Algunas experiencias terroríficas narradas por personas normales, como tú y como yo, acompañadas por fotografías o grabaciones de audio son capaces de producir en el sugestionable telespectador la más aterradora de las emociones. Sin embargo, todavía a día de hoy no soy capaz de describir de forma coherente el efecto que produjo en mí la visualización del último capítulo, dedicado a las reliquias cristianas que andaban rodando y venerándose por el mundo.

Carmen Porter comenzó muy dispuesta ofreciendo una minuciosa información respecto a la sábana santa y el velo de la Verónica. Todo parece estar científicamente comprobado: la posición del cuerpo, la situación de los clavos, el tipo de tejido, la descarga energética que tuvo que producirse para que la tela se impresionase con la silueta del difunto...

Posteriormente, su compañero dio paso a las espinas de la corona, los clavos de los pies, las astillas de la cruz, la lanza que le atravesó el costado y hasta la esponja del vinagre. Parece ser que justo tras la crucifixión, cada uno optó por llevarse un recuerdo del momento, como el que fotografía el instante o se compra un souvenir para enseñárselo a los amigotes al llegar a casa. De modo que uno pilló cinco gotas de la sangre de Cristo que se veneran en una iglesia de Florencia; otro cogió un hilo de la tela con la que cubría sus partes y se encuentra en una vitrina de la catedral de Francia; otra pudo atrapar un pelo de Cristo, lo metió en una botellita y hace los milagros de los devotos de Castellón; otra mujer, que estuvo también en el barullo, empapó tres gotas de sudor del ajusticiado con un pañuelo que ha sido besado por todos los feligreses que fueron bautizados en la parroquia de un barrio perdido de Milán. Las localizaciones os las estoy contando un poco a voleo. Tendría que haber tomado apuntes.

El tema es que cada cual defiende la veracidad de sus restos y sus milagros como buenamente puede. Nadie se baja del burro, así que en total tenemos por el mundo sesenta y dos verdaderos dientes de leche del niño Jesús, astillas y palitos de la santa cruz como para fabricar cuatro arcas de Noé, seis manteles que se utilizaron en la santa cena, catorce cálices, mil cuchillos con los que se partió el último pan, la raspa de cuatro pijotas de cuando el milagro de los panes y los peces, incluso las uñas de los pies de cuando la Magdalena se los lavó.

La cosa se iba poniendo cada vez más interesante, así que me aproximé un poco más a la pantalla y subí el volumen para ver sobre qué otras reliquias podían hablar, porque ya no se me ocurría ninguna otra más.

Por lo visto, la palabra reliquia proviene de la palabra latina reliquus, que significa quedarse atrás. Es una parte del cuerpo de una persona, o todo él, venerado por algún motivo; o bien algún objeto que, por haber sido tocado por esa persona o por otros motivos, es digno de veneración.

Yo creo que, atendiendo a esta definición, todos en algún momento hemos atesorado alguna reliquia: una foto, un anillo o un objeto de alguien a quien queremos (o hemos querido) para intentar mantener el vínculo con esa persona a través del objeto. Es lo que se dice el valor sentimental de las cosas.

Hasta ahí, estamos de acuerdo. Pero una cosa es guardar en una cajita un mechón de cabello de tu hijo recién nacido para recordar los rizos con los que nació y otra muy diferente es guardar en un frasco la primera leche que brotó de tus pechos cuando te subieron a planta después de paritorio, el rescoldo de tu primera polución, el primer cagajón de tu retoño, el cordón umbilical o lo que sobró del prepucio cuando le practicaron la circuncisión.

La verdad es que hay gente para todo.

Mi amiga Carmela, sin ir más lejos, mantuvo durante diez años una relación muy especial con su gato. Ella es soltera y Bicho era su única compañía. Cuidaba al felino como si fuese su bebé: lo peinaba, lo acunaba, dormía con él como una niña abrazada a su peluche. Pero un fatídico día, Bicho se perdió. Cuando lo localizaron, en un veterinario de la localidad, no había nada que hacer. Bicho falleció al poco tiempo en los brazos de Carmela. Mi compañera pasó un duelo de aquí te espero. No sé si lo habría sentido tanto si se le hubiera muerto su madre. No tenía consuelo la pobrecita.

En fin, que era incapaz de separarse del cuerpo del felino que había sido su compañero durante una década. Habló durante un rato de la imposibilidad de enterrarlo ni de incinerarlo. No podía desprenderse de él. Quería quedarse con algún vestigio de su cuerpo, algo que la acompañase y que pudiera sostener entre sus manos en los momentos de dolor.

Tras darle muchas vueltas, pensó que le importaba todo un pepino. Que ella lo que quería era quedarse con el gato entero. Así que, ni corta ni perezosa, se puso en contacto con un taxidermista de El Arahal que se plantó allí en un periquete y se llevó al gato, más tieso que una mojama, en una neverita. Se lo devolvió a las dos semanas disecado, con los ojitos cerrados y enroscadito sobre un cojín de terciopelo.

Mi amiga se abrazó al monigote como si se tratase del amor de su vida. Lo acurrucó, lo besó y lo colocó en los pies de su cama. Ahí permanece desde entonces. Ella le habla y lo acaricia como si estuviese vivo. Yo, cada  vez que entro en su habitación, es que no puedo ni mirarlo de la grima que me da. 

Carmela está encantada. Me dice que en vez de tener un muñeco reborn, ella tiene a su gato, que es mucho más normal que fliparlo con un pedazo de silicona vestido de bebé. Yo qué sé. La cuestión es que así duerme cada noche, con Bicho sobre el edredón, con un ojito cerrado y el otro medio abierto. A veces, se desplaza con el trasiego del sueño y amanece en la mesita de noche, sobre la cabeza de Carmela, bajo la cama o entre las sábanas. Algo de lo más corriente.

Otro que dormía de una forma parecida a la de mi amiga era el generalísimo Franco. Se cuenta que se agenció la mano incorrupta de Santa Teresa, a la que se atribuían poderes milagrosos y demás bondades. Al principio, Francisco respetaba y honraba la reliquia con una verdadera devoción. La conservaba dentro de una urna de cristal y cada noche se arrodillaba ante ella para rendirle culto y pedirle su protección.

Con el paso de los años, fue cogiendo confianza con la mano. La paseaba por su casa fuera de la urna y la mostraba a los visitantes. Posteriormente, se refiere que Doña Carmen colgaba en ella sus collares y ensartaba sus anillos, como hacen muchas mujeres con las manos de porcelana que venden en el chino.
Hasta que, al final, terminó jugando con ella a Hola, Don Pepito, hola Don José. Le servía para rascarse las espaldas, de compañía en las noches de desvelos y hasta para acariciarse la calva en los momentos de reflexión. Cuentan las malas lenguas que la llamaba cariñosamente La Teresita. Se rumorea que nuestro caudillo abandonó este mundo con su mano derecha entrelazada con la mano de la santa, recordando todos los buenos momentos que habían vivido juntos.

A lo que iba. El programa continuaba.
Tras citar varias reliquias más relacionadas con fluidos corporales de santos y beatas, miembros embalsamados, cabezas incorruptas y demás lindezas, apareció la cola del burro en la que se montó Jesús (vulgo Borriquita), cinco gotas de la leche con la que María amamantó al niño y una pluma que se le habría caído al arcángel San Gabriel mientras batallaba con el diablo.

Al terminar con la retahíla, aparecieron imágenes de gente rezando ante botellas vacías. Yo, al principio no comprendí bien la escena y se me vino a la cabeza el chiste del lepero que siempre tenía una botella vacía en el frigorífico por si llegaba alguien de visita y no quería nada.

Por lo visto, la primera botella contenía un suspiro de San José y la otra, un estornudo del espíritu santo. La leyenda cuenta que dos ángeles recogieron tanto el suspiro como el estornudo y los custodiaron hasta que unos monjes las encontraron en Nazaret. Yo pensé que mi cabeza ya había llegado al grado máximo de asombro.

Iker y Carmen resultaban de lo más convincentes. El programa estaba culminando. Ambos se sentaron y nos recomendaron a los televidentes que nos acomodáramos igualmente para empaparnos bien de la historia que venía a continuación.

Yo llamé a mi marido, que estaba dándole los últimos toques a la cena, para que dejara lo que estaba haciendo y viniera a darme la mano. Nos colocamos los dos en el sofá, él en plan burlón y yo consumida por la histeria y el pavor. En la pantalla apareció José Manuel Serrano Cueto dispuesto a deleitarnos con la historia más oculta de Cádiz jamás contada, totalmente en primicia para nosotros.

-       - Y ya para terminar, presten mucha atención, porque vamos a presentar la reliquia más emblemática de nuestra religión: El santo prepucio. Encontrado nada más y nada menos que en la ciudad de Cádiz, en el barrio de la Viña, y cuya réplica exacta puede contemplarse en una vitrina de la Casa del terror y lo fantástico de la calle Beato Diego.


La explicación de este descomunal misterio es la siguiente:
A los ocho días, atendiendo al rito judío, el niño Jesús habría sido circuncidado. La matrona que asistió el evento guardó el pellejito en una jarra de alabastro llena de nardos para que se conservase. Se plantea el misterio teológico de que si Jesús ascendió al cielo con su cuerpo completo o si se dejó el prepucio atrás. Algunos piensan que el prepucio volvió a su cuerpo el día de la resurrección y que subió todo junto. Otros abanderan la idea de que primero subió el cuerpo y, a los dos o tres días, voló el prepucio solo, pero que se desvió un poco de la trayectoria y se convirtió en el anillo de Saturno. No veas.

Sea como fuere, tenemos restos del prepucio en la Basílica de San Juan de Letrán, en la catedral de Le Puy, en Santiago de Compostela, en Amberes y en un total de catorce vitrinas que han sido autentificadas como portadoras de la santa reliquia. Sin embargo, según el investigador, el resto que más veracidad nos ofrece atendiendo a las fuentes históricas es el aparecido en Cádiz y, debido a esta cuestión, se entiende perfectamente que a los oriundos del lugar se les conozca popularmente con el gentilicio de picha o pichita. Nos ahorramos comentarios innecesarios acerca del tamaño del miembro que debió tener el chiquillo para que diera de sí catorce relicarios. Como reza en el cartelito de la vitrina que presenta la réplica expuesta: Un bastinazo.

Aparte de su importancia física como reliquia, en ocasiones se ha asegurado que el Santo Prepucio ha aparecido en una famosa visión mística de Santa Catalina de Siena. En su visión, Jesús se casaba místicamente con ella, y le ponía su prepucio amputado como anillo de bodas.

Por otro lado, la Beata Sor Inés Blannbekin, un día, al comulgar, comenzó a rezar y a pensar en dónde estaría el prepucio. De repente sintió un pellejito, como una cáscara de huevo, de una dulzura completamente superlativa y se lo tragó. Apenas lo había tragado, de nuevo sintió en su lengua el dulce pellejo y, una vez más, se lo zampó. Esto lo pudo hacer unas cien veces, no se especifica si en el mismo día o en diferentes ocasiones. Fue tan grande el dulzor cuando la beata ingirió el pellejo, que sintió una dulce transformación en todos sus miembros, especialmente en sus partes bajas, que se recubrieron inmediatamente de una salsa parecida a la que se prepara para el solomillo al whisky. 

Y con esto, terminó Cuarto milenio. Mi santo me puso por delante una tortilla francesa y unas finas lonchas de caña de lomo. Yo miré el plato y lo miré a él. Él soltó una carcajada. Me retiró el plato y se fue para la cocina cantando:

-       - Me voy a hacer un rosario, con tus dientes de marfil, para que pueda besarlo, cuando esté lejos de ti.

domingo, 11 de agosto de 2019

Estamos de remate




Acabo de cumplir nueve lustros y me he transformado de golpe en una señora.
De un día para otro, me ha atacado la ciática y he cambiado mi habitual postura veraniega de maja playera por un cruce de piernas bastante antagónico al de Instinto básico sobre la butaca.
Me ha embestido la presbicia y, capoteándola como puedo con mis flamantes gafas, se me ha puesto toda la cara de Rosa León cuando actuaba en La cometa blanca.
El entretenimiento que más placer me proporciona consiste en sentarme en un banco de la plazoleta a consumir cartuchos de altramuces como si no existiera un mañana. Engordo a pasos agigantados. Me contemplo en el espejo, escudriñando mis orondas lorzas. Me examino y pienso que, aun así, no estoy tan gorda para todo lo que como. Me despido de mi esperpéntica imagen con una risotada y me sirvo un tinto con naranja acompañado de un platito de patatas fritas al ajillo que me teletransportan al paraíso.
Me asomo al balcón en camisón con la misma pinta que El Greñudo, el Cristo al que parece que no le peinan la melena desde los años cuarenta. Así me entretengo, contemplando el ambiente de la destartalada plaza de abajo. Mi hijo Álvaro se hace mayor y, en una realidad futbolística, él juega al tenis que te cagas. Este verano, ha congeniado con un niño de San Sebastián que se llama Urko. Sus nombres chirrían en el aire cuando la abuela (amona para su nieto) y yo los llamamos a voces limpias para que se suban. Un gaditano expatriado y un vasco de adopción tienen poco que hacer en verano entre el Kevin, el Ale, el Gordo y el Cabeza. Pero así es la vida.
Los otros niños que aquí se dan cita, visten de su equipo y calzan medias de colores. Idolatrando a sus favoritos, fantasean con Cristiano Ronaldo, se rapan los laterales de la cocorota al cero y se tiñen de rubio la cresta de pavo real que les adorna el cerebro.
En este contexto de abducción colectiva traducido en chavales gritando, persiguiendo un balón para reventarlo a patadones, Álvaro y Urko tienen los santos cojones de aparecer por el campo luciendo un atuendo diferente: pantaloncillo y polo blanco inmaculado, muñequeras y felpa para el sudor de la frente, raqueta y pelotita amarilla. Pedazo de tipo.
Los rumores y cuchicheos no se hacen esperar. Las murmuraciones acompañan a las miradas inquisidoras. Sin embargo, a pesar de que dos extraterrestres acaban de desembarcar, nada parece alterarse en la plazoleta.
El blanco impoluto de sus vestimentas tenistas resplandece y ciega las bocas parpadeantes. Con una seguridad apabullante, Álvaro McEnroe y Urko Borg irrumpen en la improvisada cancha expropiada a los futbolísimos.
Como sólo tienen una raqueta para los dos, Urko lanza con la mano haciendo uso de una brutalidad impropia para su edad. Álvaro recibe la pelota vasca blandiendo su especie de guitarrón esquelético, propinando un golpe que se escucha en toda la periferia.
La plazoleta entera aguanta la respiración.
Un abuelo expectante acaba de quitarse la dentadura postiza y, liándola en un clínex como si fuera un cigarro, afirma que le están entrando los sudores fríos de la muerte contemplando el espectáculo. Por lo visto, al sacarse los dientes, no se sabe por qué ley de la física atmosférica, también se despoja de los calores, disminuyendo al instante su sensación térmica.
Una gaviota hambrienta acaba de atacar a un palomo en una esquina. Lo ha acorralado, le ha dado tres picotazos mostrando toda su ira y, vilmente, ha huido volando. El palomo se ha quedado cojo, revoloteando en el centro de la pista, esquivando como puede los lanzamientos extremos de los contrincantes. Se masca la tensión del momento.
Mi vecina, la que se supone que es gogó, también se ha asomado a la ventana, intrigada por el olor a testosterona que emana del asfalto. Por un instante, los ojos de la plazoleta se han clavado en otro blanco que no ha sido el de los inmaculados polos de los dos adversarios. El partido afloja y los comentarios registran ahora la cantidad de bótox que se ha puesto la Puri este verano. Yo me relajo comprobando lo fácil que cambian las lenguas de objetivo y lo fácil que se desvía la atención.
En esto que aparece Juan, melena al viento, haciendo uso de sus tics nerviosos y sus gestos compulsivos. Tras el último brote, el médico le ha retirado la medicación y le ha mandado que se bañe en La Caleta tres veces al día. Mucho mejor. Desde que falleció su madre, ya no es el mismo y a todos nos duele verlo tan calmado. Su huracán interior se ha entristecido y una calma fúnebre se apodera de sus convulsiones espasmódicamente. Al darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, se ha detenido como un parroquiano más. Yo, por empatía, me he paralizado al verlo y he comenzado a emocionarme. Hacía años que no lo veía tan quieto. La intensidad del instante es tan única como extravagante. Álvaro y Urko nos tienen a todos con el alma en vilo.
A través de la pared del piso, se escucha perfectamente la homilía del vecino de al lado. Antonio ofrece conferencias gratuitas a su esposa cada tarde. Él es pastor evangelista o protestante, no recuerdo bien, y su mujer, Elvira, la más beata de nuestra parroquia. Forman el tándem perfecto. La hora de la particular misa casera es variable, atendiendo al viento que sople en ese momento. Las tardes de levante, al sacerdote de corazón le entra el siroco en el cuerpo y se le suelta la verborrea que da fatiga oírlo. Ella se persigna cuando lo ve venir calentando la mandíbula y se encomienda al cielo ante el irrefrenable avenate de oratoria que le espera.
El locuaz esposo ofrece sus avanzadas doctrinas vehementemente. Durante un tiempo, se mantiene incubando la información, procesando sus interminables lecturas y, luego, llegado el punto de la eclosión, los datos almacenados parecen estallar en su cerebro como fuegos artificiales que nos iluminan a todos con su pertinaz alarde de conocimiento.
A pesar de lo incomprensible de la selección temática objeto de su particular interés, los inquilinos colindantes pegamos la oreja con la curiosidad del que se asoma por el hueco de la cerradura de enfrente. A veces, su discurso resuena singularmente en todo el bloque: los peligros de las ondas electromagnéticas se ciernen sobre nuestras cabezas y el apocalipsis está a punto de llegar; el agua del grifo contiene miles de bacterias asesinas que se alojan en nuestro estómago y nos carcomen con nocturnidad y alevosía; la masculinidad desaparece a pasos agigantados y la testosterona se encuentra en peligro de extinción; nuestro sistema educativo se descompone y no aprendemos nada de Finlandia o…el tema que ha tocado hoy: por qué no pueden colocarse las botellas de agua en el suelo.
Con gran revuelo, acompasadas con la agitación producida por el partidazo de abajo, sus palabras se introducen incomprensiblemente en nuestros oídos produciendo aún más estupor.
Antonio vocifera, propasándose en decibelios:
- Nuestro suelo es el mismísimo Lucifer, infestado de porquería, capaz de perforar el envase de plástico invisiblemente con la fuerza de un tifón y contaminar el agua que bebemos con más virus y microorganismos patógenos que los que podemos encontrar en la taza del váter. Y tú, mujer, tienes terminantemente prohibido depositar cualquier tipo de envase de plástico sobre el suelo o moriremos todos de envenenamientos diversos y toda la culpa recaerá sobre ti por siempre jamás.
La beata, postrada en su silla de ruedas, a veces atina a colocarse los tapones de los oídos disimuladamente y las dos horas de argumentación ininterrumpida transcurren pensando en las musarañas. En peores ocasiones, el tsunami verbal la pilla de improviso, así que la observamos a través de los visillos con una mueca torcida, aguantando el gesto y entreteniéndose mientras dura el sermón realizando los ejercicios Kegel y corroborando una y otra vez:
-Amén, Antonio, Amén.
Esos días, los vecinos aprovechamos para cuadrar nuestra propia porra con señas parecidas al lenguaje de sordomudos en versión de barrio y apostar si la vecina aguantará estoicamente el chaparrón o se tirará rodando por las escaleras con sillita incluida.
El público parece que está perdiendo el interés por la pelota amarilla y alguno comienza a notar los síntomas de una contractura en las cervicales por tanto mirar de un lado a otro de la improvisada pista.
Álvaro y Urko lo perciben y se guiñan un ojo como diciendo “ya está bien por hoy”.
Lentamente, se van aproximando sin dejar de batirse. Un drive, un revés, servicio, la volea, el globo y…finalmente, el último remate de Álvaro. Precioso remate, señoras y señores, con el que concluye este espectacular partido.
Lejos de enfadarse, Urko corre a abrazar a su contrincante y toda la plazoleta explota en una ovación desenfrenada:
-Iiiiiiiii- ín. ¡Cabrón!
Los niños alzan sus manos como toreros que hubieran rematado su faena cortando las dos orejas y el gentío les aplaude de manera histriónica.
El abuelo seca sus sudores con el pañuelo del bolsillo e, ipso facto, su dentadura cae al suelo. El palomo cojo la atrapa al vuelo pensando que es una rebanada de pan y se aleja, ya más repuesto, con ella en el pico cual ramita de olivo.
La Puri, sobrexcitada, brinca de alegría, regalándonos uno de sus pechos que se escapa virulento del escote de su combinación.
Juan salta en el aire, dando volteretas sin manos y, en una de ellas, se golpea la frente contra un chino del pavimento abriéndose una brecha. No brota mucha sangre, lo justo para que se desmaye y alguien llame al 112 por una causa noble, no por cachondeo.
Antonio ha interrumpido momentáneamente su discurso para asomarse al balcón. Elvira, milagrosamente, se ha levantado de su silla y se ha tomado un gelocatil aprovechando el despiste y la pausa.
Yo he sacado la bandera del Cádiz y, agitándola como la que está sacudiendo un mantel, he comenzado a gritar asomando medio cuerpo por la ventana. No sé muy bien lo que estoy haciendo. En esta colmena efervescente, la plazoleta y el barrio, cada cual ocupa su hilarante lugar con el debido respeto, pero hoy nos estamos volviendo especialmente locos de remate. Será que va a saltar el levante. Algo estamos barruntando.
Lejos de acabar en pelea, como algunos vaticinaban, el norte y el sur de España se alejan en posición de compadre, con los brazos por encima del hombro en plan cuadrilla o chirigota, según se mire.
El abuelo desdentado abraza a Juan y lo consuela, taponándole la herida con el mismo pañuelo que envolvía la dentadura y con el que se ha secado los sudores. La Puri se precipita escaleras abajo, excesivamente contenta, para recibir el calor humano de la plazoleta en directo. El palomo acaba de cagarse en la ropa que tengo tendida y Antonio y Elvira, sin saber muy bien por qué, se están comiendo la boca.
Álvaro y Urko saludan a la afición. Sólo una voz sobresale entre la muchedumbre, la mía, que acaba de aclararse con el tercer tinto de la tarde y ya está lista para cantar alzando el vaso de tubo sobre el tendedero:
-Señores, vámonos que nos vamos. Que el Carranza es pasado mañana. Que este año juegan las mujeres y la vamos a liar. Si es que estamos de remate. Niños, viva el tenis y viva la madre que os parió:
Me han dicho que el amarillo
está maldito pa' los artistas,
y este color sin embargo
es gloria bendita para los cadistas.
Aunque reciben a cambio
todo un calvario de decepciones,
de amarillo se pintan la cara,
amarillos son sus corazones.
Han dado su vida y sus gargantas,
siguiendo a donde haga falta
al Cádiz de sus amores.
Ratatatata ratatatatá
benditos sean los que llenan de esperanza,
ratatatata ratatatatá
cada rincón, cada escalón de mi Carranza.
Sin importarles que nunca,
vayan a ser campeones
han conseguido el respeto,
de toda España, por estos colores.
Por eso viva mi Cádiz, vivan los cadistas, vivan sus cojones
.